Irónicamente, la noticia de la muerte del ícono del periodismo internacional, Tom Wolfe, aterrizó en el universo de información este 15 de mayo justo con los métodos y elementos periodísticos que el escritor pensó habían envejecido terriblemente. Si hay alguna aportación brillante que el oficio periodístico debe homenajear a este escritor norteamericano en este siglo digital es justamente la reflexión sobre el ‘nuevo periodismo’ y cómo la narración inteligente de los acontecimientos puede salvar a una profesión que, como muchas otras, está amenazada por robots y la inteligencia artificial.

Con cierta unanimidad, tanto el gremio cultural como el periodístico coinciden en que Wolfe fue el padre del nuevo periodismo, no sólo por ejercerlo, sino por descubrir ese estilo en los perfiles de otros periodistas que hacían crecer el oficio con las herramientas de la literatura. Wolfe, sin embargo, fue el primer sorprendido de los estilos periodísticos que fueron naciendo en la década de los 60 en revistas especializadas y en las redacciones de audaces diarios para la época: “Al principio no logré entenderlo, francamente”: narraciones íntimas sumamente detalladas, digresiones personales, adornos metafóricos, escenarios crudamente explicativos y descripciones llenas de una franqueza inquietante. Estilos que rompían con todo lo que se hacía bajo la fórmula clásica de jerarquización de información norteamericana de las cinco w’s (what, who, when, where, why); Wolfe advirtió que el lenguaje periodístico tradicional no alcanzaba a relatar todos los matices de las historias y entrevistas, pero contempló con satisfacción cómo el oficio periodístico comenzaba a cobrar una dimensión estética.

Esta audacia cultural y literaria –pensaba Wolfe- podía ser el remedio a los efectos soporíferos que los diarios proponían a su público lector, pero también una oportunidad creativa para que los buenos reporteros no terminaran sus días como malos columnistas. El nuevo periodismo, para el escritor, era la ventana que abría el viciado ambiente de un periodismo que no podía sorprender a nadie, del periodismo “que sólo hacía lo que se esperaba de él”.

Han pasado 50 años de este ‘descubrimiento’, de la audacia del gremio periodístico a traspasar las barreras de lo ‘culturalmente correcto’ y, sin embargo, en este 2018, ningún medio digital informó la noticia de la muerte de Wolfe intentando siquiera una deferencia o un reconocimiento a ese nuevo periodismo que elevó a alturas literarias un oficio despreciado muchas veces por la cultura y la historia. El peor homenaje a este tremendo escritor fueron los obituarios genéricos y las notas inmediatistas y superficiales de su fallecimiento; con todo, en cuanto los audaces logren dar orden a su mirada de este acontecimiento se estarán proponiendo lecturas más atractivas de la vida, obra, genio y figura de Tom Wolfe.

Wolfe exploró los estilos periodísticos de la mano de la narración y la creatividad, del exhaustivo trabajo de recuperación de datos, de la incómoda observación del perfil de la historia; el periodista en este terreno es un personaje que se implica, se compromete con los fenómenos sociales hasta el más nimio detalle.

No es una tarea fácil pero tampoco imposible, el propio Wolfe consideraba que “con frecuencia le resulta más fácil a un reportero penetrar una situación delicada de lo que él mismo u otra persona pudiera imaginar”; el desafío radica más en las dinámicas del medio que en la exposición frente a la costra social: La franqueza del trabajo periodístico puede poner en riesgo al propio medio. Esa es la audacia a la que incitó Tom Wolfe a varias generaciones de periodistas, a explorar nuevos estilos, a arriesgar la comodidad de la cotidianidad. El escritor sentenció que “el periodismo perfecto trataría constantemente de un tema: el estatus”; a las 10 de la mañana, en una redacción de noticias de la Ciudad de México nos enteramos de la partida de Wolfe y nos enfrentamos a dos opciones: mantener o trasgredir el estatus al que estamos acostumbrados. Y el periodismo es trasgresión de lo cotidiano, de lo contrario sólo queda la complacencia.

@monroyfelipe


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