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La recién estrenada película de Netflix, Los dos papas, tiene distintas cualidades: las actuaciones de Anthony Hopkins y Jonathan Pryce son espectaculares; con un ritmo ágil, Fernando Meirelles presenta la historia de una amistad conmovedora, en la que se atan y desatan nudos profundos. Dos hombres luchan por enfrentarse con la conciencia limpia a las exigencias de lo que necesita la Iglesia. En medio de abismales diferencias, crece, gracias al fermento de la humildad, el espacio del encuentro, la reconciliación, el diálogo y la ayuda mutua. Sin embargo, la película tiene un problema serio: presenta como “inspiradas en hechos reales” demasiadas ficciones. Cuando uno trata acerca de personas reales, aparece un nuevo elemento para juzgar la obra: su fidelidad a la realidad. Si un pintor dibuja un retrato, podemos decir si es una buena o mala pintura, pero además podemos decir si se parece o no a la persona que retrata, si le hace justicia.

Efímero es el rubor que provoca la primera maldad, después la indiferencia se hace cargo en nuestra vida hasta que el arrepentimiento nos alcanza en la soledad. Quizá este sea el leitmotiv de la más reciente película de Martin ScorseseThe Irishman (2019) basada en la novela I Heard You Paint Houses (2004) del exfiscal y escritor neoyorquino, Charles Brandt.

La película de nombre “Inesperado” (Unplanned) es un testimonio, un gran testimonio de vida, de conversión de vida, por una parte, y de revelación del gran negocio de la muerte disfrazado de ayuda a la mujer. Es el efecto estremecedor de enfrentarse a la evidencia médica. “Lo que ella vio, dice la presentación del film, lo cambió todo”.

“No eres el centro del universo. En realidad, a nadie le importas. Es duro, pero es verdad […] yo estaba infernalmente ocupado sin alcanzar nada; de hecho, era mucho peor que nada: Era destructivo, despilfarraba dinero, tiempo y relaciones. Fallé repetidamente. Compré mi propia porquería. Después de mi enésimo fracaso, una increíble comprensión me invadió: a nadie le importé. Nadie recordaba mis errores. Aquí y allá las personas apenas tenían recuerdos débiles, pero se desvanecieron rápidamente. Yo era libre”. Este escalofriante texto fue publicado masivamente en marzo 2013; pero no provino del diario de un desequilibrado mental sino del artículo principal de la revista Forbes escrito por el exitoso Brent Beshore, CEO/fundador de una moderna compañía de inversión.

“Hasta los 26 años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo, y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas, con un grande y vano deseo de ganar honra”: así comienza la Autobiografía de Ignacio de Loyola (núm. 1). En estas palabras se hallan también las líneas principales de la película Ignacio de Loyola, producida por los jesuitas de Filipinas: el hombre dado a las vanidades y  a las armas, los deseos propios de un caballero de ganar honra, los grandes deseos y lo que Dios hará con ellos.

La masculinidad y sus desafíos en las sociedades contemporáneas es quizá uno de los menos visibles y más apremiantes temas de reflexión social moderna. Ubicado en el fondo de las urgencias culturales -por la necesaria atención al dramas acuciantes-, el lento y doloroso aprendizaje sobre las nuevas masculinidades suele pasar desapercibido por prácticamente todos los sectores sociales. Y es justo donde ‘Hombres al agua’ (Le grand bain, 2018) ofrece un pequeño atisbo a un espacio sumamente desconocido.