Roma es la película más personal de Alfonso Cuarón. Por un lado, porque el mexicano se responsabilizó del guion, la dirección y la fotografía (por consejo de su director de fotografía Emmanuel Lubezki, quien tuvo que abandonar el proyecto por motivos familiares) de este su octavo largometraje, el tercero de ellos hecho en México. Además, está inspirado en su propia infancia —acontecida en la tradicional Colonia Roma, de la Ciudad de México— y tiene como protagonista a una joven indígena mixteca que trabaja para una familia mexicana acomodada: Cuarón dedica el filme a su nana Libo.

Con un blanco y negro en alta definición y un diseño sonoro de avanzada tecnología (Dolby Atmos) aplicado a los sonidos cotidianos de la vida de la capital mexicana en 1970, Cuarón desde una óptica artística mezcla la nostalgia de una época con un dominio de la técnica que se vale de los últimos avances de la industria —no olvidemos que su cinta anterior es Gravedad, un prodigio técnico— logrando una película preciosa, cuidada hasta el detalle, y armada toda en función de una historia tan sencilla como poderosa. Basta ver el plano secuencia de los créditos iniciales para darse cuenta de esto.

El conflicto en torno a la paternidad, una constante en los filmes de Cuarón, ya sea escritos por él o no —desde La princesita y Harry Potter y el prisionero de Azkaban hasta Y tu mamá también y Gravedad—, es también el eje en Roma. Tanto para Cleo (Yalitza Aparicio), la protagonista, como para la familia de la que es empleada: la Sra. Sofía (Marina de Tavira) y sus cuatro hijos. Cuarón es sutil en su narrativa, permitiendo que los hechos de la trama se vayan intuyendo más que revelándolos. No busca un reclamo social de la figura de la empleada doméstica, sino mostrar una realidad en la que dos mujeres salen adelante en un mundo de hombres irresponsables. “Estamos solas”, le dice la Sra. Sofi a Cleo. Tremendas actuaciones de Marina de Tavira (Efectos secundarios, Ilusiones S.A.) y de Yalitza Aparicio, de origen mixteco y que no tenía experiencia en actuación, sino que fue casteada directamente por Cuarón y su equipo: si bien su interpretación es contenida, refleja muy bien la idiosincracia de su pueblo y su rol social. Y así consigue tocar el corazón del espectador.

La ausencia de música extradiegética refuerza la experiencia directa con la trama sin sentimentalismos, que hacen que los hechos destaquen por sí mismos. Los detalles de ambientación están recreados con todo mimo. Desde las calles que recorren Cleo y su compañera Adela (Nancy García) en largos travellings, donde lucen los coches y la gente vestida de época o la propaganda del recientemente electo presidente Luis Echeverría, hasta los aspectos domésticos más mínimos, como un envoltorio de Pan Bimbo (como eran en 1970), el pitido del carro del vendedor de camotes, o los gritos del vendedor de miel.

Pese a la ambigüedad que el título Roma puede presentar para algunos públicos (sobre todo no mexicanos) ciertamente la ciudad y esta colonia son protagonistas. Ver Roma es revivir el México reciente de las clases medias y medias altas. Cuarón comparte el México de su infancia, desde los rituales familiares como ver un programa cómico en la televisión todos juntos, la banda militar que recorre las calles del vecindario —preciosa escena cuando pasan junto a una devastada Marina de Tavira que despide a su esposo— o su cariño al cine de la época, de una enorme sala y lleno de vendedores a la salida (donde Cuarón no deja de hacer una referencia a Gravedad). Es el México real, que se alarma ante un sismo y que evoluciona socialmente —la recreación del “Halconazo”, la matanza de estudiantes durante una marcha por el grupo paramilitar de “los halcones” el jueves de Corpus de 1971, es tan indirecta como cruda y bien integrada en la trama—; pero también el México del realismo mágico latinoamericano, donde se entrenan artes marciales en una vasta llanura de Iztapalapa ante la presencia del mítico Profesor Zovek, o donde un incendio junto a una casa rural de abolengo en año nuevo se muestra como una experiencia onírica y fascinante.

Para el anecdotario de la historia de esta industria queda, en fin, el pulso entre la plataforma Netflix—productores de la cinta— y los defensores del modelo clásico del cine, como son los grandes festivales y los exhibidores tradicionales, quienes reclaman una exhibición de 90 días únicamente en las salas de cine para poder premiar la cinta o para acceder a proyectarla. La plataforma cuyo negocio es, en cambio, ofrecer el contenido online a sus suscriptores, está decidida a cambiar ese modelo y mientras siga financiando películas de este nivel —y todo indica que así será— tendrá mucha fuerza para lograrlo. Antes de su estreno masivo por Netflix, Roma ya ha ganado el León de Oro en Venecia, ha sido anunciada como representante de México en los Premios Oscar para ser nominada a mejor película extranjera, y en los Premios Goya de la Academia de Cine española en la categoría de mejor película latinoamericana. Desde luego merece eso y más.

@jcccaly 


Ficha Técnica: (2018) México
DIRECCIÓN, GUION Y FOTOGRAFÍA Alfonso Cuarón
REPARTO Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Fernando Grediaga, Jorge Antonio Guerrero, Nancy García, Verónica García, Diego Cortina Autrey, Marco Graf, Daniela Demesa, Carlos Peralta

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Crítica originalemente publicada en Palomitas Caramelizadas