“No eres el centro del universo. En realidad, a nadie le importas. Es duro, pero es verdad […] yo estaba infernalmente ocupado sin alcanzar nada; de hecho, era mucho peor que nada: Era destructivo, despilfarraba dinero, tiempo y relaciones. Fallé repetidamente. Compré mi propia porquería. Después de mi enésimo fracaso, una increíble comprensión me invadió: a nadie le importé. Nadie recordaba mis errores. Aquí y allá las personas apenas tenían recuerdos débiles, pero se desvanecieron rápidamente. Yo era libre”. Este escalofriante texto fue publicado masivamente en marzo 2013; pero no provino del diario de un desequilibrado mental sino del artículo principal de la revista Forbes escrito por el exitoso Brent Beshore, CEO/fundador de una moderna compañía de inversión.

En el fondo, Joker (Todd Phillips, 2019) es un filme que provoca la misma sensación de incómoda confusión: ¿Ante qué tipo de historia nos encontramos? ¿Qué sentimientos nos provoca el desequilibrado protagonista Arthur Fleck (Joaquin Phoenix, estremecedor)? ¿Qué clase de sociedad alimenta en silencio las motivaciones de oscuros personajes llenos de inconsistencias, de ambigüedades u obcecaciones?

Es claro que Phillips apenas utiliza algunos perfiles intertextuales de ‘El Guasón’, el archienemigo de Batman en DC Comics, y los coloca en un relato de suspenso dramático contemporáneo e hiperrealista. Y, aunque la vasta mayoría de las reseñas al filme se enfocan en la magistral actuación de Phoenix y la construcción del perfil psicológico del perturbado personaje, Joker en sí misma es una declaración sin ambages sobre las consecuencias terriblemente reales de un modelo político y económico que coloca en ostentosa evidencia (como las bolsas de basura acumuladas durante una huelga de trabajadores de limpia) las profundas heridas que, tras largos años de desprecio, abandono u olvido, convierten a la persona en materia alienada, indistintamente desechable.

Joker es una crítica a la sociedad martirizada, a la economía excluyente, a la política polarizante y a los medios de comunicación que se agasajan inmoralmente de las heridas que rezuman la ruptura del tejido social. La inquietante balada de Arthur Fleck deviniendo epítome de la demencia es apenas la excusa para hacer un filme que interpela profundamente a la sociedad contemporánea, que desvela la desesperación silente de esos rincones olvidados de justicia, de satisfactores y de plenitud.

El poeta norteamericano Marc Kelly Smith describe recientemente en su ‘Altavoz’ el surgimiento de una insospechable furia desde una ignorada voz ante la irracionalidad del orden social: “Otro portavoz de la convocatoria masiva / se ha subido al escenario del concierto / para abrir su ira sagrada. // [Nos dice:] Todos haremos… o todos deberíamos hacer… / amar ‘al amor’. Si tan sólo pudiéramos / liberarnos de tanta libertad / y de la inquietud de la facilidad”.

¿A quién o quiénes pertenece esa voz que desconfía persistentemente? ¿Qué han padecido esos miserables como para comprender las palabras de Bob Kaufman: “Quiero probar que el sol nació cuando Dios se quedó dormido con un cigarrillo encendido, exhausto tras una dura noche como juez; quiero probar de una vez por todas que no estoy loco”? La idea del poeta es brutal y sólo puede comprenderla quien siente que nunca ha tenido nada, quien ‘sólo tiene pensamientos negativos’ como dice Fleck: Si la luz es producto del descuido del poderoso que se ha hartado de sentenciarnos y castigarnos en la oscuridad, ¿por qué no hacérselo más difícil?

Fleck, en su mente -y en la de algunos despistados que sienten empatizar con él-, es accidentalmente víctima; víctima útil, arrastrada por las sucias calles y por las nefandas circunstancias; pero ¿quién no es víctima en una sociedad enferma de mentira, de inalcanzable felicidad o de falsa esperanza? ¿No incluso resulta chocante que el magnate de aspiraciones políticas se erija como el único no vencido por la podredumbre con la que se está obligado a convivir? ¿No acaso llega a fastidiar que, desde su arrogancia, confíe tanto en que su estrecho -casi personalísimo- empíreo puede salvar una extensa y mundana humanidad? ¿No acaso se vuelve factible que, con su poder e influencia haya borrado sus pecados sobre la tierra de los desvalidos? Entonces, ¿por qué no hacérselo más difícil?

Joker es una crítica al discurso político de la macroestabilidad a pesar de que la psique de los ciudadanos se desmorona, pero también evidencia los causes de la reacción hipersensible y del silencioso rencor, y muestra el peligro de la indiferencia o de una egoísta autopreservación.

Es verdad que hay, como en cada sociedad adolorida, timada y abandonada, una campaña política sustentada en un mensaje de salvación; pero, como apunta con cinismo el emprendedor Beshore, en realidad, la gente sabe que a nadie le importas y aquello no está tan mal. Entonces, ¿quiénes son esos que ríen en soledad agasajados por sus propias maquinaciones? ¿Quiénes comienzan a sentirse más libres mientras más se disuelven entre la multitud, se pierden en la invisibilidad del anonimato o se afianzan en la seguridad de sus muros o de sus máscaras? ¿Quiénes se montan, irreflexivos, al caos de las hordas de descontento irracional?

Hay algo radicalmente exitoso para el filme de Phillips: se trata de una delicada obra cinematográfica (con un inmejorable ritmo, tono y actuación) que logra acercar las cualidades del ‘cine de autor’ a las masas, a la popularidad del blockbuster y que, con suerte, ha abierto a la reflexión un fenómeno social complejo que se trasmina lenta y calladamente entre las grietas de nuestras indiferentes comodidades.

@monroyfelipe


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