Una brújula inicia y concluye esta miniserie de Netflix, y así nos ofrece una clave para comprender la historia de la joven Esty: su profundo deseo de conocer a dónde llevar su vida, para ser fiel a sí misma y a Dios.

Una parte de la historia sucede en Nueva York, en el barrio Williamsburg, donde vive una comunidad judía jasídica, sumamente ortodoxa. La producción de la película recibió toda la asesoría de un experto, oriundo del mismo barrio, para poder recrear en la película el ambiente de la comunidad, su lengua y sus costumbres cotidianas y religiosas, de manera tan precisa que casi parece un documental. No, no hay exageraciones, como nos puede parecer a nosotros los no judíos. Ellos tienen su propia manera de situarse ante el mundo y ante Dios.

En ese contexto, la historia se centra en lo que ha vivido y vive una joven de 19 años, quien por ser mujer no puede estudiar, no puede opinar, no puede preferir algo totalmente personal, no puede elegir novio; y al casarse, su misión toda es ser la esposa del jefe de la familia y la madre para procrear hijos, de preferencia varones que perpetúen la descendencia y el nombre del marido. Se le prepara para eso y vive para eso. Sin embargo, Esty le confiesa a Yanky, su prometido, que ella es diferente a las demás jóvenes: piensa más las cosas, le gusta leer, aprende música a escondidas, fue criada por su abuela y no por sus padres. Desde el principio de la película  adivinamos en su rostro que Esty vive todo su ambiente con desconcierto y tristeza, buscando tomar su propio lugar.

En la tradición judía, si una esposa no puede tener hijos o no sabe llevar bien su hogar, el marido puede despedirla con un acta de divorcio. En el evangelio (cfr. Mt 19, 1-9) Jesús dice que “Moisés permitió esto por la dureza de su corazón”, por su esclerocardía, pero que ese no es el plan original de Dios que quiere al hombre y a la mujer como iguales, como uno solo. Cuando Yanky, presionado por su madre, le da a Esty esa petición de divorcio, ella decide escapar a Berlín, con los documentos que comprueban que sus antepasados son alemanes. Comienza para ella “encontrar su propio camino”, abrirse a una realidad distinta, descubrir qué significa ser mujer. La brújula, el corazón, sus deseos más hondos, serán ese camino nada sencillo, también desconcertante y de aprendizaje. 

Las memorias de Deborah Feldman, Unorthodox: The Scandalous Rejection of My Hasidic Roots, un éxito de librerías en 2012 (no traducido aún al español), interesaron mucho a tres mujeres: la directora y actriz alemana María Schrader y las guionistas profesionales Anna Winger y  Alexa Karolinski, y decidieron hacer para Netflix  una miniserie de cuatro capítulos inspirada en el libro. Afrontaron el reto de hacer un guion que en su mayoría está hablado en idish o yiddish, idioma que se originó en las comunidades judías ashkenazies, que se asentaron en Europa central durante los siglos que siguieron a la huida de los judíos de la tierra de Israel, y que durante la Edad Media tardía se desplazaron progresivamente hacia Europa del Este, y fueron creando esta lengua, combinación de hebreo, alemán, húngaro y polaco. Muchos de los sobrevivientes idish del holocausto alemán emigraron a Nueva York y siguen manteniendo viva su tradición y la memoria de Dios y del pueblo. La mitad de la película Unorthodox está situada en Berlín donde paradójicamente murieron miles de judíos alemanes, y resulta así como una reconciliación con la historia y con esa ciudad multicultural y moderna.

El corazón de la narración, el personaje de Esty, está maravillosamente desarrollado por la joven actriz israelí Shira Haas, menuda, baja de estatura, de enormes ojos y rasgos delicados, que le da a su actuación toda la energía y decisión, el desconcierto y temor, de una personalidad tan cautivadora y en búsqueda. El resto de los actores hace un trabajo muy bueno,  sobre todo al  recrear las costumbres judías jasídicas.

Contada en episodios que alternan entre Nueva York y Berlín, Poco ortodoxa es una hermosa y conmovedora historia de libertad, aquella que nace de entrar a lo más profundo del corazón y dejar salir los deseos que luchan por hacerse vida y hallar vida verdadera. En Esty, este camino del corazón, de escucha y discernimiento,  se nutre y potencia con la música: en aquella que desde pequeña, a escondidas, escucha con la abuela; en las clases secretas de piano, en el encuentro de amistades tan diversas del conservatorio, en la voluntad firme de tener una audición y seguir aprendiendo, en las lágrimas que le provocan el coro de mujeres de una iglesia, en la libertad y el amor que le contagian una música disco; en poder interpretar en yiddish, en Berlín, la canción de su boda,  y la oda de Schubert a la música: “Cuando me atenaza el círculo feroz de la vida, tú has inflamado mi corazón con un cálido amor, me has conducido hacia un mundo mejor”. La brújula y la música abren y cierran esta historia. Al terminar, Esty ya no es la misma; tampoco nosotros.