Cuando Simone de Beauvoir pensó en “El Segundo Sexo”, su libro considerado como su obra maestra hace exactamente setenta años, convirtió la reflexión feminista en un asunto social para lo cual aun no existían palabras en su época. Todo comenzó y terminó en poner énfasis en el “cuerpo”, en el cuerpo de mujer y del varón, pero especialmente en el cuerpo de la mujer sometido a ‘estereotipos’ para justificar discriminaciones según lo que ella percibía: “la mujer como el hombre, es su cuerpo”. Quiso dar un giro a la visión cartesiana de la separación del sujeto que “piensa, luego existe”, así, Beauvoir reclama el cuerpo y lo que la politóloga Seyla Benhabib describió como “la aparición del cuerpo en la esfera pública”.

Si nos detenemos un momento aquí, vemos que el principio conceptual de Descartes según la filosofía se funda en la conciencia propia (“cogito, ergo sum”), principio que ha marcado la suerte del pensamiento moderno. Sin embargo, Joseph Ratzinger explica que, leyendo a Baader, nos dice que éste cambió el ‘pienso, luego existo’ en ‘cogito ergo sum’  o –soy pensado, luego existo--, porque el conocimiento del hombre y su propio ser sólo pueden ser comprendidos en su ser-conocidos. Es decir, el hombre es un ser que vive orientado hacia el futuro, que en su preocupación supera el momento presente, y que no podría existir si de repente se viera privado de ese futuro. De esta manera, no existe el puro individuo, el hombre del Renacimiento, sino que el ser humano lo es en la trama de la historia, que penetra en cada uno por el lenguaje y las relaciones sociales.

El cristianismo y la Iglesia, nos dice Ratzinger, tratan de un hombre que es ser-con, que es un conjunto de interdependencias colectivas que fluyen del principio de la corporeidad.  La Iglesia y el cristianismo existen por razones históricas, todos vivimos en medio de unos lazos que forman parte de nuestra existencia, así, el ser cristiano, no es un carisma individual sino social. Pero, lo que ni las demás religiones ni el hombre moderno aciertan a comprender es que en el cristianismo todo depende en definitiva del ‘Individuo’, de Jesús de Nazaret, que fue crucificado por la gente –la opinión pública—pero que en la Cruz aniquiló el poder de esa gente, el poder del anonimato que aprisiona a los seres humanos.

De esta manera entendemos que, lo que hizo el feminismo del Segundo Sexo, fue simplemente dirigir la ‘opinión pública’ hacia el cuerpo para introducirlo en un ámbito político, y pone en cuestionamiento temas sensibles tales como la biología, la vida amorosa de las personas, la iniciación sexual, las implicaciones del matrimonio o incluso de la vejez, hasta llegar a la conclusión de que “lo personal es político”.

Tratemos así entender qué pasó en estos años en que evolucionaron los conceptos de “igualdad” y sexo, hasta convertirse en un nuevo término denominado “género” que rompe las barreras no sólo de la dualidad hombre / mujer, sino las barreras sexuales para convertirlo en “ideología” sobre la sexualidad humana.

Una experta en temas de familia (S. Slater, Directora FWI) nos da la siguiente orientación: La “Ideología de género” no es como se piensa sobre la ‘igualdad’ de hombres y mujeres. “Esta ideología se refiere a la agenda transgénero, que es una construcción social en la cual un varón puede cambiar-se a ser mujer o viceversa y cada uno puede ‘escoger’ su género. Al convertirse en una cuestión “política”, todo el sistema tanto educativo como gubernamental debe cambiar para nombrar a la persona de acuerdo con su ‘género’ de preferencia. De esta manera, se suprime la anatomía natural de la persona, para convertirse en el cuerpo escogido del género preferido.”

Se ha llegado al punto en que la Congregación para la Educación Católica que preparó el texto “Varón y Mujer los creó. Para una Vía de Diálogo sobre la Cuestión del Gender en la Educación” ha denominado como “una crisis educacional” los temas sobre la afectividad y la sexualidad a la luz de “retos que emergen de varias formas de una ideología cuyo nombre en general es la ‘teoría de género” que niega la diferencia y reciprocidad en naturaleza, de varón y mujer”, y los considera como “meramente el producto del condicionamiento histórico y cultural”. Así, la identidad se “convierte en la preferencia del individuo, la cual también puede cambiar en el tiempo”.

El texto de la Congregación también habla sobre una desorientación antropológica que caracteriza el clima cultural de nuestro tiempo, contribuyendo a la “desestabilización de la familia”.  Y en Amoris Laetitia asimismo dice que, entre otras cosas, esta ideología “conduce a programas educativos y promulgaciones legislativas que promueven una identidad personal e intimidad emocional radicalmente separada de la diferencia biológica entre varón y mujer.”

Si nos trasladamos a vista de pájaro, a los comienzos de la teoría de género, en los años 1990’s y siguiendo el documento citado, en esos años se sugirió que se podría sostener la teoría de una separación radical entre género y sexo, con el primero teniendo prioridad sobre el segundo. Tal meta fue vista como una importante etapa en la evolución de la humanidad, en la cual podría entreverse una sociedad ‘sin’ diferencias sexuales. Yendo más allá y para contraponer ideológicamente la naturaleza y la cultura, las propuestas de la teoría de género convergen en el concepto de “queer” que se refiere a dimensiones de sexualidad que son extremadamente fluidas y flexibles, como si fueran errantes. Por tanto, se llega a pensar en la completa emancipación del individuo de cualquier definición sexual dada a priori, y la desaparición de clasificaciones consideradas “rígidas”. Todo esto es considerado en el documento de la Congregación para la Educación Católica que hace un llamado al diálogo a través de “escuchar, razonar y proponer”.

De esta manera se ha llegado hasta las más altas esferas internacionales que asimismo hacen presión para el cambio radical del pensamiento y como consecuencia, haciendo caso omiso de la “base de la sociedad” que es la familia. Son múltiples las actividades logradas y no-logradas por este tipo de ideología. Mencionaremos algunas como ejemplificación.

La Campaña Global de las Naciones Unidas en Contra de la Homofobia y la Transfobia es una campaña muy bien financiada que busca socializar el matrimonio del mismo sexo, penalizar el llamado “lenguaje de odio” y normalizar la ideología transgénero, aun a sabiendas que los términos ‘orientación sexual’ e ‘identidad de género’ no están en el texto de ningún tratado de la ONU. ¿Quién paga por este acercamiento burocrático? La Oficina del Alto Comisionado de la ONU para Derechos Humanos provee fondos, liderazgo y un papel de coordinación en estas políticas.

El último reporte de ONU Mujeres considera que el divorcio, la cohabitación, el matrimonio del mismo sexo, el nacimiento de bebés fuera del matrimonio y las relaciones sexuales entre adolescentes es ‘bueno’ para las mujeres y los considera como “una reflexión positiva del empoderamiento de la mujer” (“Families in a Changing World”, UN Women 2019-2020). Menciona además el “lado obscuro” de las familias y reconoce a las familias como “un espacio ambivalente para mujeres y niñas”. Al mismo tiempo, es notable en el reporte por su pragmático acercamiento a derechos, en especial la ‘poligamia’, y que cuando la ley sobre derechos humanos la denigra es malo para las mujeres.

Apenas el mes pasado, la Comisión Legal Internacional acordó abandonar la definición tradicional de ‘género’ consagrada en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional, 1998, elaborando un borrador de tratado sobre crímenes contra la humanidad.

El Estatuto de Roma definía “genero” en referencia a “los dos sexos, masculino y femenino en el contexto de la sociedad”. El debate sobre el significado de ‘género’ fue tan controvertido cuando fue negociado el tratado, que los Estados expresamente excluyeron “cualquier significado diferente del anterior”.

Hoy, los activistas LGBT están clamando victoria debido a que la Comisión ha decidido abandonar esa definición en un nuevo tratado, aunque aun prematuramente, ya que debe pasar primero por la revisión de la Asamblea General ONU sobre el trabajo de la Comisión, que será durante el verano de este año.

Cuando se comenzó a trabajar en el tratado en 2015, la Comisión decidió no cambiar la definición del Estatuto de Roma, ahora, sin embargo, la misma Comisión se encuentra diciendo que el ‘género’ debe ser una excepción debido a que el significado de este concepto ha “evolucionado” en la ley internacional de derechos humanos.

La Comisión hizo notar cómo ahora el fiscal de la Corte Penal Internacional interpreta la definición del Estatuto de Roma comprendiendo no sólo a hombres y mujeres, sino a la “orientación sexual” y la “identidad de género”. La moneda está echada al aire, falta la opinión de la Asamblea General ONU, que revisará el trabajo de la Comisión Internacional y decidirá si usar el trabajo de la Comisión como base de negociaciones entre Estados en un nuevo tratado sobre crímenes contra la humanidad en otoño de este año.

Para terminar, me permito hacer referencia a la antropología cristiana en el verso del Génesis “Varón y mujer Él los creó”. El significado en la naturaleza humana debe ser entendido a la luz de la unidad de cuerpo y alma en la que la “dimensión horizontal” de la “comunión interpersonal” es integrada con la “dimensión vertical” de la comunión con DIOS.

Finalmente, el documento de la Congregación para la Educación Católica nos anima a considerar que es necesario siempre y en todo momento que “niños y niñas tienen derecho a un padre y una madre, y es dentro de la familia en donde los menores pueden aprender a reconocer la belleza de la diferencia sexual.”

Hemos de tener muy presente que si apreciamos a nuestra familia, tenemos que profundizar en que padre y madre han de tener presencia en la vida de los menores al mismo nivel, y ambos padres necesitarán reflexionar en principio sobre algunas cuestiones básicas para el bien de su familia: El tiempo (dedicado a los hijos), la apertura hacia ellos, la sobriedad (el corazón debe estar libre para amar), y el trato con Dios.