En unas semanas más, será la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales (JMCS). He comentado el tema en estas páginas, y me he basado en el comunicado del Papa Francisco para la preparación de esta Jornada. El diagnóstico es claro y, creo yo, indiscutible. La deshumanización de la comunicación, la reducción de las posibilidades de encuentro y solidaridad son innegables. La deformación de la comunicación mediante los “robots” y la generación de las “noticias falsas” que discutimos el año pasado en la anterior JMCS, son temas que están presentes para cualquiera que se tome el trabajo de analizar un poco el tema.

Lo que no abundan son las soluciones a este conjunto de oportunidades y peligros que presentan las comunidades en las redes sociales. Hay el riesgo de que las reflexiones sobre el tema se centren en diagnósticos que, por otro lado, ya no aportan demasiado. No se puede aceptar que la JMCS se vuelva una especie de “muro de las lamentaciones” de la que salgamos preocupados, pero sin propuestas de solución. No puedo creer que ese haya sido el propósito del Papa Francisco para esta Jornada.

Si bien la JMCS está dirigida a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, el énfasis está en los comunicadores católicos. A ellos se dirige el Papa en primer lugar y a ellos les pide mucho. No podemos esperar, con un infantilismo que es la contraparte del clericalismo que tanto hemos criticado, que sea el clero el que nos indique las medidas concretas para las mejorar las comunicaciones en las redes y, en una perspectiva más amplia, mejorar todos los medios de comunicación. Porque no solo en las redes hay problemas: los hay en el cine, el teatro, en la televisión, en libros, en cantos y en otros medios, algunos tan antiguos como la humanidad, otros con pocos años de existencia.

¿Cuáles son las soluciones? Yo no lo sé. Si lo supiera no estaría aquí escribiendo artículos; estaría dando asesoría a la Iglesia y a muchos otros organismos internacionales. Pero sí creo que entre todos podemos construir soluciones. Lo importante es iniciar la reflexión y tener una idea clara de lo que queremos lograr.

Para esta transformación contamos con algunas armas, que no son muy novedosas pero que son muy efectivas. Desgraciadamente, no las hemos empleado a fondo. Parafraseando a G.K. Chesterton, estas armas se han encontrado difíciles de aplicar y por lo mismo muchas veces no se ha ni siquiera intentado aplicarlas. Y no se trata de exponerlas: se necesita que todos los comunicadores de buena voluntad demos ejemplo de que sí se pueden aplicar.

La primera, obviamente, es la Verdad. Todo comunicador debería ser un enamorado de la Verdad, un guardián de esta. Nada fácil. No basta con la buena voluntad. La sinceridad no es suficiente: podemos ser sinceros pero ignorantes y, con toda sinceridad, estar induciendo a otros al error. Sí, se requiere Sabiduría. No el conocimiento o el saber que da el Mundo. La Sabiduría que es un don que hay que pedir al Espíritu Santo y que nos permite intuir donde está la Verdad.

Debemos cuidarnos de nuestros errores, sean de buena o de mala fe. Reconocer nuestras fallas y ser los primeros en reconocerlas. Aunque nos avergüencen o que ese reconocimiento destruya nuestros argumentos cuidadosamente construidos. No solo evitar las mentiras. Cuidarse de no parcializar, ocultar o deformar la verdad.

Otra arma es la Caridad. En primer lugar, hacia aquellos a quienes dirigimos nuestra comunicación. Ellos nos dan su confianza y merecen que hagamos nuestro mejor esfuerzo, que reciban lo mejor de nosotros mismos en nuestra comunicación. Y, sobre todo en estos tiempos, caridad con los que opinan diferente. Caridad en nuestras declaraciones, caridad hacia el que se equivoca. Y, como parte de esta caridad, el aspecto de solidaridad. Solidaridad con todos, hacia todos. Construir entre todos el bien común en nuestra sociedad. Generar tolerancia, no solo con los que opinan igual que nosotros. También y, sobre todo, con los que opinan diferente. Con los que podemos percibir como nuestros enemigos.

¿Con esto basta? No lo creo. Estos son criterios, conceptos intelectuales. Hace falta “aterrizarlos” en obras concretas. Escuelas. Programas de formación en catolicismo para comunicadores. Grupos de reflexión. Observatorios de “noticias falsas”. Grupos de apoyo mutuo. Evaluación de temas complejos de ética en la comunicación. Y, sobre todo, el ejemplo de los buenos comunicadores.

Al final, la Verdad tiene un gran atractivo. Sobre todo, si se expone adecuadamente. Y la Caridad gana los corazones. Si se aplica con humildad. ¿Tenemos confianza en ellas? ¿Podemos asegurar que no hemos sido omisos en aplicarlas? “Los hombres de armas, batallarán. Y Dios les dará la victoria”, decía Santa Juana de Arco. Esa es la confianza que debemos mantener todos los comunicadores.

@mazapereda