Como resultado de la crisis económica desatada desde los Estados Unidos, ha surgido nuevamente el debate en torno a los modelos económicos. Hay quienes se frotan las manos afirmando que esta es la crisis más clara del sistema capitalista y profetizan su muerte. Otros, por el contrario, insisten en que si hay crisis, es resultado del intervencionismo gubernamental que alteró el natural comportamiento del mercado mediante políticas públicas que deformaron la conducta de los consumidores.
 
No faltan, tampoco, quienes ven en las actuales circunstancias, las consecuencias de conductas morales indebidas: avaricia, engaño, manipulación, etc. Y, desde luego, los promotores del socialismo del Siglo XXI se frotan las manos confiados en que así como el imperio soviético desapareció por implosión, dada su inviabilidad económica, el imperio norteamericano y el de sus aliados sufra un fenómenos similar que les abra un hueco donde poder colarse.

Ante estos señalamientos, donde se encuentran verdades que luego se absolutizan, vale la pena recordar que en el mundo económico hay dos aspectos que, desde mi punto de vista, deben valorarse adecuadamente: el modelo como tal y la actuación de los hombres en él.

Una de las fallas principales del capitalismo liberal es absolutizar la idea de que la búsqueda del propio beneficio es lo que equilibra naturalmente el mercado, per se. Lo que se soslaya, es que quienes introducen modelos diferentes o actuaciones de otro tipo, lo hacen buscando, en no pocas ocasiones, su propio beneficio. Por un lado, algunos políticos consideran que realizar ciertas acciones de tipo económico les traerán popularidad y poder, por lo que crean programas u otorgan subsidios que generan problemas económicos que devienen en crisis en los países.

Por otra parte, en cada fraude económico, ya sea esconder las deudas hipotecarias impagables dentro de paquetes financieros que las ocultan, para colocarlas engañosamente en el mercado, es consecuencia de quienes buscaron su propio beneficio y lejos de equilibrar el mercado, generaron el caos que estamos viviendo. No digamos ya de los fraudes que se siguen dando en el mundo financiero, pese a las supuestas vigilancias que establece la autoridad.

Hay, por tanto, que incidir en el modelo y considerar éste a la luz de la naturaleza humana. Los modelos no actúan químicamente puros. Son operados por hombres de carne y hueso, llenos de ambiciones, buenos deseos, competencia técnica, ignorancia económica, etc. Por tanto, el modelo debe considerar esas actuaciones para tratar de conducirse lo mejor posible, con esos humanos que participan en él.

El modelo de economía social de mercado creado y aplicado en Alemania a finales de la segunda guerra mundial, demostró sus virtudes para levantar una nación desvastada por la guerra y carente de grandes recursos. El milagro alemán tomó como base de su actuación el principio de subsidiariedad que se guía por la premisa de que en la vida económica debe haber tanta sociedad (mercado) como sea posible, y tanto gobierno como sea necesario.
La actuación de los hombres organizados en sociedad, que producen, compran, venden y dan servicio, es lo que constituye el mercado. Como los hombres no son perfectos, el mercado tampoco lo es. De allí que se requieran ordenamientos jurídicos capaces de evitar los abusos y estimular las conductas éticas de las personas en las relaciones laborales y en los intercambios, de tal suerte que se eviten acciones de quienes buscando su propio beneficio, afecten a otros y, con ello, al resto de la sociedad. Un modelo económico que ignora la justicia conmutativa, está condenado al fracaso.

Pero también es necesaria la presencia del Estado para buscar la justicia distributiva, mediante acciones ordenadas a impulsar la actividad económica en algunos rubros, ordenar el mundo del crédito, canalizar las finanzas, usar prudentemente sus recursos, ayudar a quienes por diversas causas permanecen fuera del mercado o en desventaja para incorporarse a la vida productiva, etc.

Finalmente, se requieren gobernantes prudentes, administradores competentes y leyes justas para que el sistema opere conforme a reglas justas y eficientes, donde la actuación de la autoridad en la vida económica sea correctiva, no deformadora, y el comportamiento de los particulares sea ética y solidaria.

Este modelo, que algunos quisieron calificar como una “tercera vía”, dio resultado mientras se aplicó. Parte de una concepción diferente del individualismo liberal y del colectivismo. No está a medio camino, sino que concibe al mercado y al estado como  medios y no como fines en sí mismos. Este modelo considera que la economía está al servicio del hombre, en quien tiene su origen y su fin. Volver a pensarlo y buscar su vigencia, como alguna vez afirmaron los creadores del PAN, sería un buen camino para México.

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