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Es una cosa rara el odio. Algo que se siembra en el corazón, se alimenta con recuerdos, se incrementa con resentimientos    y que, en el extremo, puede llevar a la destrucción del odiado. Y a la destrucción del espíritu del odiador.

Da pena y tristeza ver a diario la apatía y la indolencia que han invadido a amplios sectores de la sociedad mexicana. Distintos grupos sociales son agredidos cotidianamente, bombardeados con calificativos denigrantes, amenazados y hostigados, en la opinión pública, en los medios de comunicación del Estado y algunos privados, especialmente en redes sociales, y hasta físicamente también, en la calle y a veces en reuniones privadas, por parte de quienes se dicen simpatizantes de la 4ª transformación. La agresividad de estos apoyadores varía, pero cada vez es menos sutil y cada vez se ejerce y se promueve con menos recato desde las esferas del poder. Más allá de lo atinado o equivocado de las políticas del actual gobierno en los distintos ámbitos de su competencia, el gran peligro que se cierne sobre nosotros es que estamos atestiguando a diario la construcción de un régimen autocrático y, peor aún, es que éste tiene como sustento la “autoridad moral” del autócrata.

Ya se acabó enero y seguimos haciéndonos unos a otros la misma pregunta: ¿Cómo piensa usted que será este año 2020? Yo seguramente estoy tan confundido como los demás. Desde mi ignorancia, mi respuesta ha sido la misma: no creo que haya cambios. Y no lo creo porque no veo que se estén haciendo cosas diferentes. Y si no hacemos cosas diferentes, los resultados serán, en el mejor de los casos, iguales.

En medio de la chunga y el cotorreo en torno a la lotería para vender el avión presidencial, se han introducido al Congreso modificaciones a la Reforma Penal, mejor conocida por establecer juicios orales, aprobada en el año 2008 y que, según lo que decían los artículos transitorios de la misma, debía haber quedado plenamente implementada en el año 2016. Al terminar ese plazo, ocurrió lo que fue una constante durante la dictadura perfecta: inaugurar obras, en este caso la Reforma Penal, sin que en realidad estuviera lista para funcionar.

En estos primeros meses del gobierno de MORENA, el debate de los temas nacionales ha sido bastante limitado. En vez de razones, hemos tenido insultos, falacias y un uso cada vez mayor de frases tratando de avergonzar al contrincante, para acallarlo. La vergüenza como arma, se podría decir. De eso, sí ha abundado. Y hasta creen que eso es debate. Eso, además de las “fake news” y los “otros datos”, tan socorridos.

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