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No, no estoy hablando los partidos mexicanos. O por lo menos, no únicamente de ellos. En estos momentos está ocurriendo una crisis de partidos políticos en España. Desde las últimas elecciones, ocurridas en el pasado 28 de Abril, aún no logran formar gobierno y el Presidente electo, Pedro Sánchez del PESOE, está como encargado del despacho.
En este tiempo los partidos políticos que se asociaron con esa intención aún no logran obtener la mayoría para la investidura del Presidente electo. El próximo 23 de julio se volverá a tratar de obtener una mayoría en el parlamento y, si no se logra, se tratará de obtener al menos una mayoría simple el 25 del mismo mes. Si fallaran, Sánchez ha dicho que Irán a nuevas elecciones el día 10 de noviembre próximo, aunque la ley le permitiría otra ultima intentona en una fecha intermedia.

El capitalismo no es un sistema creado deliberadamente o producto de un diseño predefinido, es una construcción histórica que ha surgido de la interacción entre la naturaleza física y la naturaleza humana. La desigualdad económica es parte intrínseca del capitalismo. Los sistemas sociales más justos que se pueden construir actualmente tratan de disminuirla, atemperarla, pero no desaparecerla, porque ello no es posible. Y no lo es porque la desigualdad es inherente a la condición de ser humano. No hay un ser humano igual al otro. El máximo logro de igualdad lo hizo el cristianismo, cuando el Evangelio nos anunció que todos somos hijos de Dios, y que cada uno de nosotros es amado igualmente por Él. Además, nos enseñó que ese vínculo divino entre Dios y el hombre es precisamente lo que hace que cada vida sea única e igualmente valiosa. Por ello el mayor acto de desigualdad posible es la aceptación social del aborto. Aunque la perversa cultura secular actual quiera engañarnos diciendo que la aprobación legal del aborto es un acto de igualdad y un derecho humano, es exactamente lo contrario.

De manera intuitiva y casi unánime, los obispos católicos de México han rechazado, con inusual severidad, promover la reedición del texto “Cartilla Moral” escrito por el inmenso Alfonso Reyes y rescatado por la administración lopezobradorista (no sin dejarle varios ajustes -algunos terribles- que se hicieron en el sexenio de Salinas) para combatir “la decadencia social por la pérdida de valores culturales, morales y espirituales”.

Como lo expliqué en mi artículo anterior, combatir la desigualdad es el común denominador que aglutina a la mayoría de quienes abanderan esa entelequia que llaman la “4a transformación”. El grave problema de la 4T es que gobierna más con la retórica que con la realidad. La demagogia es más emoción que razón, por lo mismo, su lucha contra la desigualdad se ha convertido en realidad en una lucha contra el privilegio, más una revancha social, que una búsqueda seria de mecanismos y herramientas para repartir mejor la riqueza. Cuando un gobierno empieza una persecución contra un sector de la sociedad, ya sea por su condición étnica, de creencia, de clase o de militancia política, eso, tarde o temprano, acaba trágicamente. Nuestro gobierno está iniciando una persecución contra un sector social al que identifican con el privilegio. Las revoluciones ---y la 4T pretende serlo--- siempre tienen un grupo social al que dirigen su ira, culpándolos de los grandes males nacionales, con ello, justifican la destrucción de todo para construirlo de nuevo, que es el propósito de toda revolución.

México está en un embrollo al parecer insalvable, a causa de una vieja política, de varios sexenios, de cuidarle las espaldas a los gringos respecto al narcotráfico transfronterizo. Algo que se ha complicado con la avalancha de presuntos migrantes centroamericanos y de otras nacionalidades a través de México hacia Estados Unidos. ¿Qué pasó y sigue pasando? Veamos.

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