Oímos hablar de una clase política. Los hemos criticado. Yo mismo he dicho muchas veces que la clase política es la causa de muchos de nuestros problemas. Sin embargo, muchos, y yo me incluyo entre ellos, no hemos reflexionado a profundidad sobre ese tema.

Porque para que consideremos una clase, debemos pensar en una parte de la sociedad, que se transfiere el poder de unos a otros, muchas veces con lazos familiares. Tal es el caso de una parte de la clase empresarial, y en otros tiempos lo fue de la clase militar.

Obviamente, cuando hay un cambio político fuerte, esos lazos se rompen y entran otros grupos al poder. Esos grupos que no tuvieron la oportunidad de gobernar son percibidos como ineptos. Una acusación en cierto modo injusta, porque si no tuvieron la oportunidad de gobernar es de esperarse que no supieran cómo hacerlo. Como ocurrió con los sucesores de los partidos soviéticos, Lech Walesa en Polonia y Vaclav Havel en la República Checa.

El problema es la expectativa creada en los votantes. Y es que desde afuera es fácil suponer cómo se debería gobernar. Se esperan logros rápidos, sin dolor, sin pagar el precio del aprendizaje y la decepción es mayúscula. Como ocurrió en la transición de 2000 a 2012, donde se veían consignas en muros y a veces en los medios diciendo, palabras más, palabras menos: “que regresen los corruptos y que se vayan los… ineptos”.

Esto lo estamos viendo no solo en los nuevos gobernantes. También lo vemos en la oposición. Con la estampida de muchos políticos hacia la formación que se percibió como ganadora, se vio la debilidad de los partidos. Lo que los mantenían unidos era la esperanza (o la ambición) del poder. Al faltar esa cohesión, los partidos de oposición se han desfondado. Si se puede criticar a los actuales gobernantes, no se puede criticar menos a los opositores. Al no proponer alternativas viables, están mostrando que también son bastante ineptos. Llegaron a la política por la vía del compadrazgo y no se preocuparon por formarse como gobernantes. Y ahora lo están demostrando.

¿Y la ciudadanía? En buena teoría política somos los mandantes. Los gobernantes deben mandar en nuestro nombre, Y gobernar para todos, no solo para los que comulgan con sus ideas. Una ciudadanía harta de corrupción y asqueada de ver que los insultos sustituyen a las razones. Una ciudadanía que ya no quiere saber del tema de la política y que no quiere opinar. Ni siquiera escuchar a los que opinan. Dejando el campo de las comunicaciones sociales y personales para los que han hecho de la calumnia y el insulto el sustituto de la razón.

Podemos criticar a los políticos y probablemente debemos hacerlo. Constructivamente, sí. Con razones. Con caridad, si me permite el término. Lo que no podemos es dejar de opinar. No debemos desentendernos de la política. Debemos vencer nuestro hartazgo y nuestro asco. Ver que tenemos un deber y un derecho de participar, de opinar, de influir. Si no lo hacemos, después no tendremos cara con qué quejarnos de los males que la clase política nos está causando. Desde el poder y desde la oposición.

@mazapereda


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