No se puede confundir el menú con la comida. Aunque el primero describa perfectamente en qué consisten los alimentos, la satisfacción del comensal no depende de la presentación de la carta sino hasta que prueba bocado. Por alguna razón, el extravagante ritual autorreferencial y siempre autocomplaciente de presentar un “informe a los 100 días de gobierno” parece la lectura de un menú cuya orden quizá aún no ha llegado ni al chef. Es más: casi siempre parece que el constructor escribe con letras de otro sobre la obra gris.

La obsesión político-mediática de presentar avances de las promesas -aún a pleno trote y sin tomar siquiera perspectiva del camino- sólo da fugaces deleites a los políticos, a los servidores públicos y a la camarilla de la comentocracia. Un deporte-espectáculo que sólo depende de la habilidad de un saque poderosísimo y de la técnica (o maña) para responder, para contestar, para devolver con jiribilla la propuesta discursiva desde el poder.

Por supuesto, siempre es importante (y en algunos casos es un mandato) que se presenten informes de las actividades en los gobiernos de las naciones, en las instituciones y en las organizaciones que tienen mínimos ejercicios de transparencia y control. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, no hay ninguna obligación ni protocolo instruido para los informes de los primeros 100 días de gobierno. Lo que comenzó como un ejercicio de evaluación unilateral desde los medios de comunicación sobre sus gobernantes, se transformó en un protocolo repentizado del poder para presentar su visión (su ‘saque’) sobre lo mucho que se ha avanzado con ellos en el timón del barco.

Sin embargo, es evidente que cien días apenas pueden reflejar la personalidad de los administradores, los verdaderos perfiles de los servidores públicos ante las contingencias de la realidad y, en torno a ellos, se construye un discurso que anuncie (profetice, casi) el rumbo de lo que vendrá. Con todo, es una oportunidad para que los líderes atemperen sus discursos de campaña, para que -frente a la inmensa, inercial y aterida maquinaria o la inconmovible objetividad- planteen discursos aterrizados en lo posible y no sólo en lo deseable.

Pero nadie, ni uno sólo, vence la tentación del autoengaño. Fox llegó a declarar en sus primeros 100 días de gobierno: “Desde el primer día abandonamos la cultura de la vieja política, se acabó la impunidad, la prepotencia y el abuso de poder de una élite gobernante”; el 15 de marzo del 2007, Calderón emitió un discurso de unidad, con recurrentes figuras de humildad: “muchos de los más graves problemas que tenemos tomarán tiempo y el esfuerzo mucho más allá del alcance de esta [administración]”, pero con las infaltables trazas mesiánicas: “Debo velar cada día por el bien de la patria”. Peña, por su parte, visiblemente satisfecho por las reformas alcanzadas y los éxitos de las negociaciones políticas no dudó en declamar orondo: “Vengo a transformar a México, no a administrarlo”; sin embargo, fueron los siguientes meses cuando la opinión pública comprendería que el presidente sólo sería fiel al hueco eslogan que acompañaría su gestión.

López no es la excepción. Las figuraciones del éxito y de los desafíos son simplificados al extremo desde el discurso del tabasqueño: “Aunque todavía es el comienzo del camino hacia el progreso con justicia, ya empezamos a escribir el prólogo de la gran obra de transformación nacional”.

En síntesis, la presentación teatralizada de los primeros 100 días de gobierno no tiene como objetivo presentar los alimentos, sino convencernos de lo bueno que está el menú; tiene la vana satisfacción de escribir con letras de oro verdades absolutas sobre muros inacabados. Y resulta tristemente cierto que a la ciudadanía se le puede entretener con cualquier ardid o técnica de comunicación de gobierno, pero eso no satisface las búsquedas por las que optó en las elecciones.

López Obrador llegó al poder con un inmenso respaldo popular que ha anhelado largamente acciones concretas contra la corrupción y los corruptos, que espera una profunda transformación institucional de la administración pública útil, sencilla y transparente aun para la ciudadanía más marginada e invisible; que los personajes visibles -e invisibles- que han simulado el servicio público para perpetuar cuotas de poder y dinero queden irremisiblemente desterrados, que se mueva ligeramente hacia los descartados del poder las facultades . De lo contrario, sólo quedarán eslóganes y frases geniales a merced del despiadado e imparcial tiempo.

@monroyfelipe


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