Después de la inoperancia y el desprestigio en que cayó el marxismo-leninismo, el maoísmo y la vía insurreccional como soluciones sociales, especialmente luego de la caída del Muro de Berlín; después de que la economía de mercado y la democracia liberal parecieron no tener adversario que las desafiara a partir de entonces, llegando un filósofo a declarar el “fin de la historia” ante el claro triunfo de éstas; después de todo ello, la izquierda política tuvo dificultades para adaptarse ideológica y activamente a esa nueva realidad. No obstante, al pasar de 20 años, el grave colapso bancario y financiero de 2009 hizo que el capitalismo liberal entrara en una inesperada crisis cuando más incuestionable parecía. Las críticas contra ese capitalismo, tanto en las protestas callejeras como en los más serios ámbitos académicos se enfocaron a un mismo aspecto: la desigualdad.

La desigualdad se convirtió entonces en la bandera de diversos grupos y movimientos sociales que ayudaron a renovar los ya menguados partidos de izquierda y a generar nuevas formaciones políticas. México no fue la excepción, MORENA es muestra de ello. Hay que aclarar que la lucha contra la desigualdad no es lo mismo que la lucha contra la pobreza. El mundo ha creado más riqueza en relativamente poco tiempo de lo que nadie llegó a imaginar. En contra de los más alarmistas presagios demográficos, desde Malthus hasta el Club de Roma, en setenta años se ha elevado la población mundial 300% y sin embargo hay menos pobreza en términos relativos y la pobreza de ahora es menos dolorosa y letal que la de entonces.

La creación de riqueza en este sistema contribuye a disminuir el número de pobres y hace que éstos sean menos pobres, o sea, que se alejen de la pobreza extrema, pero, por otra parte, también hace que los pocos ricos sean mucho más ricos. Es decir, ha provocado una concentración enorme de riqueza. Más que un problema económico es un problema sociológico: ¿cómo hacer que una sociedad distribuya de una forma más equitativa su riqueza? Este delicado asunto pasó inevitablemente al terreno político y se volvió un problema ideológico y electoral; y cuando desgraciadamente el gobierno cae en manos de un partido populista y un liderazgo demagógico, se vuelve entonces un problema anímico y emocional. Eso es lo que nos está sucediendo en México.

Aunque el tema de la desigualdad es central para el presidente López Obrador, hábilmente no fue su principal bandera de campaña, como lo fue la lucha contra la corrupción; fue un tema mencionado, pero no muy recurrido y analizado por él como candidato, debido a que sabía que podía alejar o asustar a un electorado de clase media y clase media alta, que, por cierto, le dio una muy generosa porción de votos. Lo que sí podemos afirmar es que el verdadero motor ideológico de MORENA y la 4T es eliminar las desigualdades, pero en lugar de enfocarlo desde un punto de vista serio, evaluando soluciones técnicas, fiscales, revisando lo aportado por economistas e investigadores tan prestigiados como Paul Krugman, John Stiglitz, Thomas Piketty o Amartya Sen, o como Jaime Ros en México. En lugar de eso, lo han entendido como un problema de reivindicaciones, de revancha social.

La emotividad y la animosidad son parte necesaria de la política, pero cuando un gobierno abandona el terreno de la ciencia, de la técnica, de la objetividad, de la intención de crear políticas públicas viables, apegadas a la realidad para remediar esas inequidades del sistema, entonces se convierte en un gobierno en donde sólo queda la retórica y el simbolismo y, peor aún, cuando toma decisiones trascendentes, éstas son producto más del sentimiento o del re-sentimiento. Eso es lo que nos está sucediendo ahora en México.

Nuestro gobierno cada vez se aleja más de las soluciones viables y realistas, y cada vez gobierna más con la retórica y con los símbolos. Su lucha contra la desigualdad huye de la objetividad y acaba por convertirse en una lucha contra el privilegio. La desigualdad es genérica, el privilegio tiene nombres y apellidos. Para la 4T, en la “época neoliberal” estábamos gobernados por una oligarquía, es decir: gobierno de los pocos y para los pocos o, en su sentido más claro, gobierno de los privilegiados. El gobierno de MORENA y su líder actúan cada vez más de manera animosa y resentida contra los que ellos piensan que son esos privilegiados; es a lo que llamo “oligofobia”, el odio al privilegiado. Por ello, cada vez son más propensos a hacer listas negras y linchamientos políticos y mediáticos.
En artículos posteriores describiré ejemplos del peligroso concepto de privilegio que tienen muchos ideólogos de MORENA y el mismo presidente del país, cómo sus políticas públicas van dirigidas a eliminarlo y las graves consecuencias a que esto nos puede llevar.