El capitalismo no es un sistema creado deliberadamente o producto de un diseño predefinido, es una construcción histórica que ha surgido de la interacción entre la naturaleza física y la naturaleza humana. La desigualdad económica es parte intrínseca del capitalismo. Los sistemas sociales más justos que se pueden construir actualmente tratan de disminuirla, atemperarla, pero no desaparecerla, porque ello no es posible. Y no lo es porque la desigualdad es inherente a la condición de ser humano. No hay un ser humano igual al otro. El máximo logro de igualdad lo hizo el cristianismo, cuando el Evangelio nos anunció que todos somos hijos de Dios, y que cada uno de nosotros es amado igualmente por Él. Además, nos enseñó que ese vínculo divino entre Dios y el hombre es precisamente lo que hace que cada vida sea única e igualmente valiosa. Por ello el mayor acto de desigualdad posible es la aceptación social del aborto. Aunque la perversa cultura secular actual quiera engañarnos diciendo que la aprobación legal del aborto es un acto de igualdad y un derecho humano, es exactamente lo contrario.

Por lo anterior, la intención del “morenismo” de combatir la desigualdad, tristemente parece apuntar al fracaso. La única manera de atemperar la desigualdad es ampliando y facilitando el espíritu emprendedor, lo que crea empleos, fomenta la creatividad y hace crecer la economía. Esto, a su vez, aumenta el poder adquisitivo y amplia la clase media. Está documentado que en los últimos años del sexenio de Zedillo, durante el de Fox y en el de Calderón (pese a la grave crisis mundial) es cuando más aumentó el poder adquisitivo en México en los últimos 35 años y sin crear crisis económicas como lo hicieron Echeverría, López Portillo y Salinas. Eso es lo que lleva a una igualación hacia arriba.

Como el combate a la disparidad de la mal-llamada 4T viene del prejuicio, de la ideología y del resentimiento, llevará a una igualación hacia abajo, como ha sucedido con otras “revoluciones”. Quieren igualar socialmente combatiendo privilegios, diluyendo cúpulas y con transferencias directas de dinero público. Quieren reemplazar a la alta clase empresarial mexicana, así como a otras élites. Pero las clases empresariales se crean ampliando las áreas de negocio, no por decreto, ni limitando la inversión y la iniciativa privada. Esto nos lleva a pensar que, más adelante, pueda haber expropiaciones o nacionalizaciones. Y si no, lo único que lograrán es que el “capitalismo de cuates”, que ciertamente todavía existe en México, sea cambiado por “otros cuates” y que las mafias que aún medran en distintos ámbitos del país, sean cambiadas por nuevas mafias, formadas y arropadas desde el poder.

La nueva cultura que abandera la mal-llamada 4T, se perfila también peligrosa. De igual forma, es un cambio cultural que intenta una igualación hacia abajo, porque quieren relevar a las “oligarquías” cultural, artística, científica y tecnológica, por cuadros con mucho menos preparación y conocimientos, pero con una idea de crear e investigar en función de los “problemas sociales” del país. Lo que llevará, seguramente, a que esos nuevos líderes culturales se vuelvan, en realidad, promotores de las ideas y los conceptos que convengan al gobierno y, en especial, a los dirigentes del gobierno.

El aspecto religioso es otro de los ámbitos en donde AMLO pretende intervenir en su desmedida ambición de querer cambiarlo todo o, al menos, de destruir todo lo anterior. Quiere hacer de México un país menos católico, o que la cultura católica tenga menos peso e influencia y promover el cristianismo evangélico, pero no todo, sino a cierto evangelismo de tipo pentecostal, compuesto por un grupo limitado de Iglesias que tienen relación personal con él y cuyo principal campo de acción es el sureste del país. A ellos ha pedido apoyo para redactar y difundir la Constitución Moral, de la que tanto ha hablado.

Así, la oligofobia del nuevo gobierno no presagia cosas positivas y sí puede conducir a consecuencias negativas. Lo más grave de la mal-llamada 4T es que no considera al crimen organizado como parte de esa oligarquía o de esas élites que, según su visión, han sido tan dañinas para el país. Lo considera compuesto por gente del pueblo que ha sido víctima de la desigualdad social y la falta de oportunidades, y también producto de la falta de valores morales en la sociedad y, particularmente, en las familias mexicanas. De ahí que este gobierno no va a combatir directamente al crimen organizado, no es su política ni su intención, más que en casos meramente excepcionales; y el presidente lo ha dicho mucho y de múltiples maneras: “la violencia no se combate con violencia”, “nunca daré una orden para agredir al pueblo”, “nunca pondré a combatir al pueblo contra el pueblo”. Esto es muy alarmante, porque esa política ya está reflejando sus resultados en el fuerte aumento de la violencia y los homicidios que se ha dado desde que MORENA llegó al poder.

Espero sinceramente que todo este entramado ideológico que he descrito cambie, o sea modificado por los líderes de este gobierno, ante los golpes que les dé la realidad, o ante el surgimiento de una oposición honesta, inteligente y organizada. Lo veo difícil, pero la esperanza es lo último que debe morir.

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Artículos anteriores de la serie:

La Oligofobia: el grave mal de la 4T (parte 1)

La Oligofobia: el grave mal de la 4T (parte 2)