En una época en que parecería que hay un acuerdo, al menos en principio, de considerar la democracia como un método necesario para gobernar las naciones, un número importante de pueblos se encuentra en medio de una gran división. ¿Ha fallado la democracia? ¿Deberemos volver a las épocas de los gobernantes de mano dura, caudillos o reyes? ¿Acaso nos debemos acostumbrar a vivir en la anarquía?

Los síntomas parecen inequívocos. España, se ve irremediablemente dividida al grado de no poder formar un gobierno por más de que han tenido cuatro elecciones en los últimos cuatro años. Eso sin considerar las divisiones, aparentemente irreconciliables, entre las diferentes nacionalidades históricas, al grado de hablar de que España ahora es una “nación de naciones”.

No son diferentes las divisiones en Bolivia, entre indígenas y mestizos. O en Estados Unidos, entre Demócratas y Republicanos. En Israel, entre la derecha con los partidos religiosos y una oposición muy fragmentada. Tristemente, también está ocurriendo en México. Y está ocurriendo como resultado de una labor incansable por parte de los diversos grupos políticos por satanizar a quienes se oponen a sus ideas. Fifís contra Chairos, indígenas contra mestizos, conservadores contra progresistas, o cualquier otra manera de dividir a la ciudadanía que se le ocurra a usted la semana próxima.

Podemos ponerle diferentes etiquetas a este fenómeno. Claramente, el método marxista de la lucha de clases ha perfeccionado el modo de encontrar contradicciones en la sociedad y aprovecharlas para su beneficio: ricos contra pobres, mujeres contra hombres, jóvenes contra adultos, y la madre de todas las oposiciones: oprimidos contra opresores en todas sus clases. Pero no podemos adjudicar este método solamente a los marxistas. El capitalismo salvaje también lleva a cabo esta clase de contradicciones, aprovechándolas para generar jugosos negocios.

En el tema está lo que algún clásico describía de este modo: “El hombre es el lobo para el hombre”, homo homini lupus en latín. De fondo, estamos hablando del odio. Sí, nos cuesta trabajo reconocerlo. Estamos llenos de razones para justificar ese odio que sentimos, cultivamos, y atesoramos, convenciéndonos a nosotros mismos de que debemos de ser asertivos y defender a toda costa nuestro modo de pensar. Y, por supuesto, acusando a aquellos que no buscan tener ese odio, a los que tratan de encontrar la conciliación en la sociedad, los que buscan un terreno común donde se puedan construir acuerdos, acusándolos, decía, de ser tibios, acomodaticios y débiles.
Podría uno pensar que en una época donde la comunicación es tan abundante, tan fácil y económica, deberíamos ponernos de acuerdo con mayor facilidad. Después de todo, en el fondo de prácticamente todos los problemas encontramos una falla de comunicación. Pero esto no está ocurriendo. Entre más nos comunicamos, menos nos entendemos. Al conocer mejor las opiniones de los demás, crece el odio. Una tristeza.

Volviendo al tema político, nuestra manera de conducir la democracia mediante partidos, que en teoría deberían representar a la ciudadanía, nos ha llevado a un sistema que divide a la sociedad y lleva a una contienda entre enemigos lo que debería ser un debate de buena fe, buscando llegar a las mejores soluciones posibles para la mayoría, sin perder de vista de las necesidades de las minorías.

Desgraciadamente, ya no vemos otra opción para la democracia basada en partidos. No vemos alternativa al sistema de partidos políticos. Los cuales, me temo mucho, difícilmente operarán de una manera diferente. Su idea es demostrar que son los únicos poseedores de la verdad, el bien y a veces hasta de la belleza. Todos los demás están permanente e irremediablemente equivocados.

Es necesario modificar nuestro concepto de democracia. No restringirla al juego de partidos que, cuando la población vivía en pequeños núcleos muy dispersos y con escasas posibilidades de comunicación, eran necesarios para poder tener una representación. Tal vez en un futuro muy próximo la tecnología nos facilite poder tener una consulta universal a la ciudadanía sin necesidad de pasar por un sistema de partidos. No podemos en este momento ni siquiera imaginarnos algo así. Pero, a la velocidad que está creciendo la comunicación y la rapidísima adopción de sus sistemas, es posible que en un tiempo corto podamos crear la manera de reducir al mínimo la necesidad de una clase política.

En tanto, no tenemos muchas opciones. Mientras sigamos dividiendo a nuestros conciudadanos en grupos de amigos y enemigos, leales y desleales, buenos y malvados, estaremos sujetos a que nos manipulen con facilidad. Mientras no consideremos a nuestros conciudadanos como personas con la misma dignidad que nosotros, con los mismos derechos y obligaciones y a los que tenemos que tratar con el máximo respeto, la democracia seguirá siendo un triste campo de batalla entre los miembros del electorado.

@mazapereda