Quienes juegan ajedrez saben que un rey expuesto en el tablero agita los pensamientos tanto como los ánimos. Es una situación tensa, que puede ser altamente provechosa para quien amenaza; y sumamente desafiante para quien debe encontrar la mejor estrategia de protegerse y voltear la jugada.

Valga la analogía para intentar explicar los positivos y los riesgos del presidente López Obrador de exponerse en el espacio público. Más allá de si las conferencias matutinas son verdadera ágora donde los periodistas pueden (o no) ejercer a conciencia su oficio; es claro que el presidente se expone permanentemente al juicio de aliados y opositores.

Por supuesto, hay un nivel de exposición que conocemos bien en las conferencias matutinas. No toca juzgar a los asistentes acreditados como periodistas porque ha sido claro que algunos acuden con auténtico respeto al oficio y otros se presentan con expectativas meramente mercadológicas. La evaluación es para el titular del ejecutivo por tres razones: por la preparación de la información, por la veracidad de lo divulgado y por la credibilidad de las respuestas a pie de atril.

En este primer año, López Obrador ha recibido una calificación negativa en dos de tres rubros. Uno, en no pocas ocasiones el presidente ha tenido que ‘pasar’ preguntas con la promesa de abordarlas al día siguiente, lo que evidencia falta de información; y dos, según los reportes de verificación de datos, López Obrador ha sido inexacto (o flagrantemente falaz) en más del 60% de sus afirmaciones.

Sin embargo, en el último aspecto (credibilidad), el presidente no ha perdido tantos puntos como se esperaría. Ya en el poder, López Obrador mantuvo alto su nivel de credibilidad en los primeros seis meses de gobierno; y de allí en adelante, la tendencia ha sido discretamente a la baja. Aunque incluso hay encuestas que apuntan que su credibilidad creció entre ciertos sectores.

Este escenario no es una contradicción. Es resultado de la exposición presidencial que mantiene al ejecutivo en la opinión pública más un elemento que se suele despreciar en aras de la eficiencia administrativa: el contenido. Esa es la razón detrás de la publicación del libro “Economía moral” de López Obrador y de los tres largos informes de gobierno en menos de un año.

En el fondo, el contenido de ‘Economía moral’ no es secundario; aunque en él haya mucho de historia y política pública pero poco sobre economía o de filosofía moral. Lo importante es que exista esa ventana para establecer un diálogo (receptivo o crítico) con las ideas del presidente.

Y esto es relevante porque la exposición de López Obrador no es vacua. Explico. La exposición del presidente por sí sola es puro riesgo y vanidad; y cuando sólo se centra en las formas o el estilo es frívola. Pero, si hay contenido, la exposición sobrevive; resiste tanto como lo exija cada relectura. Y ese es el papel del contenido en el libro presidente.

Dejo a los expertos juzgar lo certero o irreal de las ideas de economía moral expresadas por López Obrador en su libro; pero es un hecho que en ese contenido se juega su credibilidad. Insisto, no porque sea correcto o brillante, sino porque a sus aliados les ofrece argumentos narrativos y a sus adversarios oportunidades de crítica.

Para López Obrador, dirigir la nación implica exponerse y expresarse. No es nueva la idea, la dijo Benjamín Franklin: “Escribe algo digno de leer o haz algo digno de ser escrito”. En cualquier caso, producir contenido es fundamental para López Obrador. Y allí lleva ventaja a sus opositores en el tablero.

La escritora de ‘The handmaid’s tale’, Margaret Artwood, lo tiene claro: “Expresar una palabra después de otra palabra después de otra, eso es poder”. Y la idea no vale sólo para los políticos: Un líder que no se expone y no se expresa, puede pensar que es muy estratégico, pero no tendrá credibilidad. La credibilidad proviene como respuesta a una amalgama entre audacia y autenticidad que vemos en alguien más, nace en un escenario de riesgo y de cierto nivel de osadía por parte de quien hace suyas las palabras de Cicerón: “No hay nada tan increíble que la palabra no pueda hacerlo aceptable”.

@monroyfelipe