La comidilla de la tercera semana de diciembre ha sido el caso de los adjuntos que supervisarán la aplicación de nuestras leyes laborales. Inspectores que aprobó el negociador mexicano del TMEC y un Senado al que le urgía aprobar en horas este tratado.

La repulsa ha sido amplia y se acusa al negociador de EE. UU. de haber “chamaqueado” a nuestro negociador. Hubo rechazo, críticas a los perversos funcionarios de Donald Trump, explicaciones lastimosas de una oposición que fue incapaz de detener el daño y todo se cierra con la declaración de que entendimos mal. Los adjuntos, nos dicen, solo asesorarán a los mexicanos. A los que ya somos viejos esto nos recuerda que la guerra entre Vietnam y los EE. UU. empezó mandando asesores militares a ese país, los cuales se suponía que no participarían en las acciones de guerra. El resto, usted lo sabe.

Lo que no se ha mencionado ni por el Gobierno ni por la iniciativa privada es que, si cumpliéramos nuestras propias leyes labórales, nada deberíamos de temer de los inspectores. Cuando nos molestan tanto las inspecciones es porque no estamos preparados para hacer valer la reforma laboral. Podríamos haber pedido un plazo, como se hizo en otros temas en el TLC. Pero no, se partió de la ficción de muchos gobiernos de que, cuando la ley se promulga, en automático la solución está dada. Y el mundo no funciona así.

¿Porqué no creamos un plan para que, en un plazo razonable, podamos cumplir nuestras propias leyes laborales? ¿Qué se requerirá para que nuestros socios nos tengan la confianza de que las cumplimos? Son preguntas duras. Ojalá encontremos las respuestas.

@mazapereda