De las críticas que se hacen a Andrés Manuel, una de las importantes es su autoritarismo. Otras críticas llegan a lo infantil: que si es viejo, que si habla despacio, su acento, hasta sus hábitos alimenticios o si ha ganado peso. Cosas que nada tienen que ver con su toma de decisiones. Pero, ¿es un caso único, o vivimos todos los mexicanos en una cultura del autoritarismo?

Un gran tema de nuestra sociedad es este: ¿lograremos vencer al autoritarismo o solo queremos cambiar de autoridades? Es claro que la clase política no busca un cambio en este tema. La base del autoritarismo es ver a los gobernados como inferiores. El concepto de la casta política es: “Solo nosotros, la elite, tenemos derecho a decidir. Somos los únicos que sabemos. Los súbditos solo tienen el derecho a obedecer. Ellos, pobrecitos, son tan ignorantes: no entienden, no saben que hacer. Solo les toca callar y obedecer, como se decía en la Colonia. Solo nosotros,  los mejores (que somos pocos), tenemos  el derecho a decidir”. Así parece actuar la clase política. Claro, nunca lo van a decir. No son tontos. Pero esa es su actitud.

 Una actitud que está presente  en toda nuestra sociedad. Desde las relaciones familiares: “Porque soy tu madre”, como el gran argumento con el adolecente rijoso. En las relaciones laborales,  sindicales, las ONG’s, los grupos filantrópicos, en las escuelas, y también en el clericalismo, tan criticado por el Papa  Francisco. No, no requerimos eliminar toda autoridad y llegar al anarquismo. Pero sí hay que lograr que, para las decisiones, el argumento único no sea el argumento de autoridad.

Por otro lado, tenemos la actitud de la ciudadanía. Si hoy, por algún tipo de milagro, desapareciera el autoritarismo de los políticos, ¿estaríamos dispuestos  a asumir el cambio y participar responsablemente en la toma de decisiones? Tristemente, lo dudo. Es cómodo dejar las decisiones a otros. Es cómodo no participar. Muchos preferimos dejar la carga a otros. Ni siquiera queremos estar informados y debatir las opciones para decidir. Siempre es más fácil, y divertido criticar sin proponer. Y tampoco se nos da la autocrítica: nos parece un deporte de alto riesgo y no nos interesa practicarlo.

El tema de fondo es: ¿queremos hacernos responsables? ¿Proponer en lugar de dedicarnos al sabroso deporte de la crítica, constructiva o no? Porque eso requiere de un trabajo serio. Informarnos, cosa nada sencilla en estos tiempos de la post verdad y los “fake news” Formarnos, para aprender a dar opiniones sólidas. Desarrollar capacidad de análisis, de generación de opciones y toma de decisiones. Cada cual a su nivel: los obreros, como obreros y miembros de sindicatos, las parejas para la educación de los hijos, los empleados, los patrones, los clérigos y hasta los políticos y gobernantes. Necesitamos todos crecer en nuestras capacidades para poder dejar atrás la plaga del autoritarismo y vencer esta actitud de permitir que nos mangoneen.

No será fácil. Y, sobre todo al principio, deberemos aceptar que cometeremos errores. Es un gran trabajo. Pero ese trabajo y esos errores son el precio que hay que pagar para dejar atrás este autoritarismo. Qué los países desarrollados, aquellos  que se consideran modelo de civismo, no lograron de la noche a la mañana. Ni en un solo sexenio.

@mazapereda