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“Que no haya ilusos, para que no haya desilusionados”, es la frase completa de Manuel Gómez Morín. Sabia advertencia, pero poco asimilada por la gente. Claro que hay que esperar y buscar las posibles soluciones y personajes que puedan mejorar las condiciones del bien común del país, pero esas esperanzas deben ser sensatas, con ilusiones teniendo los pies en la tierra y no con soluciones mágicas de prestidigitadores de la palabra.

En la Ciudad de México, el 0.4 por ciento de los taxistas paralizaron una parte importante de la Ciudad solicitando que se eliminen las “aplicaciones de origen extranjero”. Después de un día de bloqueos, obtuvieron una reunión con el Subsecretario de Gobernación, y pidieron una disculpa la ciudadanía, así como el ofrecimiento de no volver a paralizar la Ciudad por esta situación. Fíjese: ¡que bondadosos!

Las expresiones del presidente López Obrador sobre el combate a la delincuencia a fuerza de maternales reprimendas no pueden caer bien a ninguna víctima de la inseguridad. Es evidente que la ciudadanía espera mucho más que simples frases de la autoridad en quien se depositó el legítimo uso de la fuerza pública para controlar la violencia en el país.

La educación fue un tema que se trató muy superficialmente en el Informe Presidencial. Un asunto estratégico, si por ello entendemos los temas de largo plazo y que influyen en lo sistémico, en este caso, en el sistema de la sociedad en su conjunto. Precisamente por ser de largo plazo, la clase política le da poca importancia: difícilmente se verán resultados en un período de gobierno federal, estatal y mucho menos en el ámbito municipal. Las fallas tampoco se ven a corto plazo: un cambio en los programas escolares podría estar equivocado, pero las fallas no se verán rápidamente. Y los políticos buscan resultados visibles y rápidos.

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