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En los EE.UU. se ha seguido la costumbre de evaluar los primeros 100 días de los presidentes. Algunos le llaman la “luna de miel”, del presidente, una especie de tregua después de la contienda electoral. También un período de ajuste del nuevo gabinete y del Congreso. Un período que se requiere por el corto tiempo que pasa entre las elecciones y la toma de posesión del presidente.

Sin que sea una situación generalizada, estamos en una especie de lucha en nuestra sociedad. Sin llegar a la guerra civil, hay mucho enfrentamiento entre nosotros. Algunos naturales, otros provocados. De todos tipos: jóvenes y no tan jóvenes, cultos e incultos, demócratas o autoritarios, religiosos o no religiosos, pobres o no tan pobres, activistas o espectadores. Y muchos más. Las redes sociales son ejemplo vivo de esta clase de enfrentamientos.

Hasta el dictador norcoreano le ha dado correctamente la espalda a Nicolás Maduro, pues su conducta violatoria de la ley y los derechos humanos, es inaceptable. Pero López Obrador, que por cierto se refiere a sí mismo como ganso (ya le gustó), sigue apoyando a Maduro, bajo una infantil oferta de neutralidad, por la anacrónica “Doctrina Estrada”, ahora aplicada con calzador en la política diplomática mexicana frente a Venezuela.

Un concepto mal conocido, y pobremente aplicado en nuestro país. No porque sea algo complicado. En pocas palabras consiste en que todos tenemos el derecho a ser considerados inocentes hasta que se pruebe lo contrario, a satisfacción de un tribunal de justicia, con pruebas incontrastables y conforme a las leyes del país.

En todo el mundo, en la política, en la vida social y hasta en lo familiar, el llamado populismo, encanta. Funciona, y muy bien, para ganar voluntades, admiración y llegar a obtener hasta la sumisión, inclusive absoluta, abyecta, de los encantados, felices subyugados hacia su héroe, su líder.