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Como ya he comentado en estos medios, la confianza es fundamental para la sociedad. Para que una nación funcione, la confianza es todo o casi. Para el éxito de un gobierno, la sociedad debe confiar en sus gobernantes. La economía se estanca cuando los actores económicos no confían los unos en los otros, en sus gobernantes o en las leyes y el modo como se hacen cumplir. La solidaridad social se agota cuando no hay confianza de unos con los otros.

La política mostrada por la administración de López Obrador, respecto a la libertad de crítica, es más que preocupante. No sólo no la aceptan, sino que los críticos son objeto de ataque tanto de los bots y fanáticos en redes sociales, de sus corifeos en medios, como directamente por los funcionarios objeto de señalamientos desfavorables, comenzando por el propio presidente y sus insultos.

El gobierno de López Obrador habla de construir 100 universidades, pero en algo fundamental se equivocan. No se trata de “construir”, sino de “organizar”. La universidad no es los edificios que la alojan, sino las personas que las integran, comenzando por el cuerpo académico en toda su extensión, desde sus directivos, catedráticos, instructores, investigadores y hasta los asistentes de las labores universitarias.

La nueva propuesta de Reforma Educativa, presentada al Congreso en días pasados, presenta las marcas de un trabajo hecho sobre la rodilla, sin reflexión ni consulta. Con el ya famoso “error mecanográfico” de eliminar de un plumazo, de modo autoritario, la autonomía universitaria tan querida por los estudiantes y maestros de las universidades. Ojalá la mayoría facciosa que hoy nos gobierna se allane a una discusión pública del tema más estratégico del momento. Porque si entendemos por lo estratégico los temas que atañen a lo sistémico y lo de largo plazo, la educación cumple sobradamente ambos requisitos.