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Venezuela ha estado en crisis político-social desde hace varios años, y no es difícil entender el por qué. Los gobiernos del difunto Chávez y de su sucesor Maduro, han estado destrozando la economía del país, imponiendo una dictadura con nefastas consecuencias. Muchos venezolanos han abandonado su patria, huyendo de ese régimen opresivo que la destruye. Las protestas sociales se entienden muy fácilmente, pues los hechos han sido evidentes. Pero, ¿los demás, que están hechos un polvorín encendido o en potencia?

Quienes juegan ajedrez saben que un rey expuesto en el tablero agita los pensamientos tanto como los ánimos. Es una situación tensa, que puede ser altamente provechosa para quien amenaza; y sumamente desafiante para quien debe encontrar la mejor estrategia de protegerse y voltear la jugada.

La violencia y en general la discriminación hacia las mujeres, provocan con toda justicia el reclamo social, en particular de mujeres activistas. Hay campañas contra ambos casos, tanto sociales como oficiales o religiosas, como es el caso del día internacional contra la violencia hacia las mujeres. Muchas de ellas provienen de colectivos o grupos de mujeres que se etiquetan como feministas (una etiqueta de amplio espectro). Marchas, carteles, pintas en la ropa, en calles y edificaciones, y hasta agresiones, son las principales armas de quienes exigen que se termine la violencia contra las mujeres.

En una época en que parecería que hay un acuerdo, al menos en principio, de considerar la democracia como un método necesario para gobernar las naciones, un número importante de pueblos se encuentra en medio de una gran división. ¿Ha fallado la democracia? ¿Deberemos volver a las épocas de los gobernantes de mano dura, caudillos o reyes? ¿Acaso nos debemos acostumbrar a vivir en la anarquía?

No importa si son textos sagrados sobre una bandera nacional, una docena de manos de pastores bendiciendo la cabeza de algún candidato o un militar depositando en Dios su castrense promesa de imponer su ley en el orden público; todos son símbolos de un nuevo lenguaje político que, aparentando convicciones religiosas, sólo exprimen los sentimientos más profundos de la identidad y cultura de sus pueblos.

En la segunda mitad del siglo pasado, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tuvo un personaje bastante relevante. Alfonso Martínez Domínguez, tras de una larga trayectoria legislativa, fue presidente del PRI, Regente del Distrito Federal y Gobernador del Estado de Nuevo León.