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¿Será ocioso analizar la palabrería bíblica que los presidentes López y Calderón vertieron en sus redes sociales? ¿Qué implicaciones tiene para un Estado que sus referentes políticos se entrampen en teologías sibilinas? Es verdad que en un mundo donde los análisis económicos (sobre los intereses e incentivos egoístas) imperan sobre cualquier otro tipo de reflexión, se subestima la importancia de esta profunda naturaleza humana que amalgama religión con política, el poder con la moral.

Tras el escándalo mundial, de gran vergüenza para México, por hacerse pública información sobre una carta que con fecha 1 de marzo, AMLO envió al gobierno de España (y hay otra enviada al Papa Francisco en el mismo tenor), diciendo que ese país, y también la Iglesia Católica, deberían pedir perdón a México por la conquista “por la espada y la cruz”, sus explicaciones son de lo más absurdo: más vergüenza para México.

Al cumplirse un cuarto de siglo del asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio Murrieta volvemos a creer que aún hay mucho por saber, por descubrir, por repensar y por cambiar del modelo y sistema político mexicano. Por supuesto, para toda una generación el caso Colosio es completamente novedoso y también para ellos es imprescindible el ejercicio del relato y de la memoria.

Comida y cocina son mucho más que un mero vehículo de supervivencia; es imposible reducir sus esencias a simples factores en una ecuación de equilibrio homeostático. La gastronomía resguarda artes químicas y físicas, dimensiones filosóficas y ontológicas, causes políticos y sociales; la cocina manifiesta los lazos de esa proximidad entre el cuerpo y la mente, la materia y el espíritu; y, por tanto, nuestro contexto y nuestra historia.

No se puede confundir el menú con la comida. Aunque el primero describa perfectamente en qué consisten los alimentos, la satisfacción del comensal no depende de la presentación de la carta sino hasta que prueba bocado. Por alguna razón, el extravagante ritual autorreferencial y siempre autocomplaciente de presentar un “informe a los 100 días de gobierno” parece la lectura de un menú cuya orden quizá aún no ha llegado ni al chef. Es más: casi siempre parece que el constructor escribe con letras de otro sobre la obra gris.

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