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Sin que sea una situación generalizada, estamos en una especie de lucha en nuestra sociedad. Sin llegar a la guerra civil, hay mucho enfrentamiento entre nosotros. Algunos naturales, otros provocados. De todos tipos: jóvenes y no tan jóvenes, cultos e incultos, demócratas o autoritarios, religiosos o no religiosos, pobres o no tan pobres, activistas o espectadores. Y muchos más. Las redes sociales son ejemplo vivo de esta clase de enfrentamientos.

Hasta el dictador norcoreano le ha dado correctamente la espalda a Nicolás Maduro, pues su conducta violatoria de la ley y los derechos humanos, es inaceptable. Pero López Obrador, que por cierto se refiere a sí mismo como ganso (ya le gustó), sigue apoyando a Maduro, bajo una infantil oferta de neutralidad, por la anacrónica “Doctrina Estrada”, ahora aplicada con calzador en la política diplomática mexicana frente a Venezuela.

Un concepto mal conocido, y pobremente aplicado en nuestro país. No porque sea algo complicado. En pocas palabras consiste en que todos tenemos el derecho a ser considerados inocentes hasta que se pruebe lo contrario, a satisfacción de un tribunal de justicia, con pruebas incontrastables y conforme a las leyes del país.

En todo el mundo, en la política, en la vida social y hasta en lo familiar, el llamado populismo, encanta. Funciona, y muy bien, para ganar voluntades, admiración y llegar a obtener hasta la sumisión, inclusive absoluta, abyecta, de los encantados, felices subyugados hacia su héroe, su líder.

Todo reino dividido va a la ruina, nos enseña el Evangelio, y la historia y la vida social así nos lo atestiguan (Lucas 11:17). Y la división es en general consecuencia de la promoción del odio entre la gente, por medio del lenguaje, y México está inmerso en un gran intento de división socio-política, por parte del partido en el poder y de su líder, ahora presidente de la república.

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