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Como lo expliqué en mi artículo anterior, combatir la desigualdad es el común denominador que aglutina a la mayoría de quienes abanderan esa entelequia que llaman la “4a transformación”. El grave problema de la 4T es que gobierna más con la retórica que con la realidad. La demagogia es más emoción que razón, por lo mismo, su lucha contra la desigualdad se ha convertido en realidad en una lucha contra el privilegio, más una revancha social, que una búsqueda seria de mecanismos y herramientas para repartir mejor la riqueza. Cuando un gobierno empieza una persecución contra un sector de la sociedad, ya sea por su condición étnica, de creencia, de clase o de militancia política, eso, tarde o temprano, acaba trágicamente. Nuestro gobierno está iniciando una persecución contra un sector social al que identifican con el privilegio. Las revoluciones ---y la 4T pretende serlo--- siempre tienen un grupo social al que dirigen su ira, culpándolos de los grandes males nacionales, con ello, justifican la destrucción de todo para construirlo de nuevo, que es el propósito de toda revolución.

México está en un embrollo al parecer insalvable, a causa de una vieja política, de varios sexenios, de cuidarle las espaldas a los gringos respecto al narcotráfico transfronterizo. Algo que se ha complicado con la avalancha de presuntos migrantes centroamericanos y de otras nacionalidades a través de México hacia Estados Unidos. ¿Qué pasó y sigue pasando? Veamos.

Después de la inoperancia y el desprestigio en que cayó el marxismo-leninismo, el maoísmo y la vía insurreccional como soluciones sociales, especialmente luego de la caída del Muro de Berlín; después de que la economía de mercado y la democracia liberal parecieron no tener adversario que las desafiara a partir de entonces, llegando un filósofo a declarar el “fin de la historia” ante el claro triunfo de éstas; después de todo ello, la izquierda política tuvo dificultades para adaptarse ideológica y activamente a esa nueva realidad. No obstante, al pasar de 20 años, el grave colapso bancario y financiero de 2009 hizo que el capitalismo liberal entrara en una inesperada crisis cuando más incuestionable parecía. Las críticas contra ese capitalismo, tanto en las protestas callejeras como en los más serios ámbitos académicos se enfocaron a un mismo aspecto: la desigualdad.

Hace algunos días se publicó una encuesta realizada por una de las empresas más prestigiadas en ese campo, dándole al actual Presidente sesenta por ciento de aprobación por la ciudadanía. ¿Qué significa este nivel de aprobación para el Presidente y, en buena medida también, para la oposición?

¿Existe tal cosa como el derecho a estar equivocado? Bueno … tal vez deberíamos plantearlo al revés: tengo el derecho de equivocarme sin que los demás me estén discriminando constantemente por mi error. Sin que otros usen mis errores como un argumento para no tomar en cuenta mis opiniones. Sin que no permitan que se olvide mi falla. Sí, ese es un derecho que todos tenemos.

Los planes de desarrollo que se han presentado en el país nos ofrecen y prometen importantes transformaciones del país en beneficio de la sociedad. Pero los planes elaborados en la etapa moderna, desde José López Portillo, no han alcanzado el paraíso prometido. Sin embargo, la sociedad es indiferente a dichos documentos pues, como es bien conocido, la mayoría de los mexicanos no lee y menos cuando se trata de documentos oficiales, ya sea por no creer en la autoridad o porque el lenguaje no resulta el más accesible.

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