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Hasta el dictador norcoreano le ha dado correctamente la espalda a Nicolás Maduro, pues su conducta violatoria de la ley y los derechos humanos, es inaceptable. Pero López Obrador, que por cierto se refiere a sí mismo como ganso (ya le gustó), sigue apoyando a Maduro, bajo una infantil oferta de neutralidad, por la anacrónica “Doctrina Estrada”, ahora aplicada con calzador en la política diplomática mexicana frente a Venezuela.

Un concepto mal conocido, y pobremente aplicado en nuestro país. No porque sea algo complicado. En pocas palabras consiste en que todos tenemos el derecho a ser considerados inocentes hasta que se pruebe lo contrario, a satisfacción de un tribunal de justicia, con pruebas incontrastables y conforme a las leyes del país.

En todo el mundo, en la política, en la vida social y hasta en lo familiar, el llamado populismo, encanta. Funciona, y muy bien, para ganar voluntades, admiración y llegar a obtener hasta la sumisión, inclusive absoluta, abyecta, de los encantados, felices subyugados hacia su héroe, su líder.

Todo reino dividido va a la ruina, nos enseña el Evangelio, y la historia y la vida social así nos lo atestiguan (Lucas 11:17). Y la división es en general consecuencia de la promoción del odio entre la gente, por medio del lenguaje, y México está inmerso en un gran intento de división socio-política, por parte del partido en el poder y de su líder, ahora presidente de la república.

En algún momento de la campaña presidencial, Andrés Manuel dijo que tenía desconfianza sobre las organizaciones de la sociedad civil. Su declaración fue tomada por algunos como una especie de declaración de guerra de parte del actual presidente. Ahora que se han mencionado que los donativos a organizaciones de la sociedad civil ya no serán exentos de impuestos, hay quienes han unido ambos acontecimientos y ven una intención de la administración federal de acabar con las organizaciones de la sociedad civil.