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Si los mismos animales se asustan ante el peligro inminente o ya enfrentado, es más que comprensible que las personas nos asustemos, tengamos miedo y angustia por una plaga que enfrenta no sólo su entorno, sino el mundo entero. Pedirle a la gente que no tema es sólo un buen deseo inocente, de buena voluntad, pero que hasta quien pide no temer, teme, y trata que no se le note. Así como un padre de familia que, ante una amenaza dice a los suyos, muerto de miedo, pero con una sonrisa, que no teman, que no pasará nada.

Ante una grave necesidad, orar al Señor es lo esencial, pero ¿qué le pedimos a Él y qué hará por nosotros? Hay que reflexionar al respecto, pues quizá lo primero que pidamos sea un milagro, uno de verdad, como sería por ejemplo que un ciego de nacimiento empiece a ver, o que instantáneamente desaparezca el Covid-19. ¿Estamos bien? Reflexionemos un poco.

Entre las medidas para reducir el impacto de la pandemia del coronavirus COVID 19, está la medida tomada por la Conferencia Episcopal Mexicana (CEM) para reducir el número de ceremonias públicas, por ejemplo, las misas dominicales, bodas y bautizos y otros sacramentos y ceremonias con asistencia multitudinaria. Medidas que vienen a continuación de las solicitadas hace algunas semanas de evitar darse la mano y abrazos en el rito de la paz de los domingos, así como darles la comunión en la mano a quienes así lo soliciten.

Si morir es cambiar de vida, de la terrena a la eterna, vale la pena pensar en ello, no evadirlo de la mente. Digamos primero que fallece un ser querido o cercano, y nos entristecemos. Con muy comprensible razón. Somos humanos y esta es la vida que conocemos; estamos acostumbrados a convivir o saber con vida a otras personas de nuestro amor o entorno. Y cuando alguien así fallece, sentimos de cerca el fenómeno de morir, y rezamos por ellas, por sus almas y por los corazones de quienes han perdido a un ser querido. Y eso está bien.

El 1 de enero La Iglesia celebra la Solemnidad de María Madre de Dios, una de las devociones más antiguas entre los católicos. No se me ocurre mejor manera de empezar el año que celebrando a Santa María Virgen, quien al decir “hágase”, dijo sí no solamente a la vida del niño que nacería en Belén, sino que dijo sí a la vida eterna para todos los hombres.

Para todos Uds. lectores, amigos, bienhechores y colaboradores, desde la estrechez de estas líneas y en nombre de todo el equipo de ACN-México les deseo una Feliz y entrañable Navidad.

Cada año cuando se acercan estos días cargados de vida familiar, Nostalgia y Felicidad, no podemos ni debemos olvidar que habrá muchos hermanos nuestros que no podrán disfrutar de la misma manera o simplemente no tendrán Navidad.

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