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“Por el camino de Emaús, un peregrino iba conmigo, no le conocí al caminar, ahora sí, en la fracción del pan”, así replica la Misa Criolla al evangelio (Lucas 24:13-35). Cuando los discípulos caminaban a Emaús, Jesús los alcanzó y conversó con ellos sobre “lo acontecido en Jerusalén” y las profecías cumplidas.

Ahora, en la Jornada Mundial de la Juventud de Panamá 2019, el Papa Francisco dijo que la juventud no es el futuro de la Iglesia. Es, dijo, su presente. No es la primera vez: ya lo había dicho en la VI Jornada de la Juventud Asiática. En agosto de 2014. No es, pues, un tema que se le haya ocurrido al calor de las entusiastas jornadas panameñas. Es un concepto madurado y meditado ampliamente.

Del 24 al 27 de enero se realizó la Jornada Mundial de la Juventud en la República de Panamá, con la participación de más de un millón de personas en los diversos eventos. Su historia se remonta a 1985 cuando la ONU decreta el Año Internacional de la Juventud, y la Iglesia Católica organiza un encuentro internacional con 350.000 jóvenes reunidos en la Plaza de San Pedro en Roma. En diciembre de ese año el papa Juan Pablo II instituye la Jornada Mundial de la Juventud a celebrarse cada tres años.

Bien sabemos cómo Jesús dijo a unos pescadores, “ven y sígueme”, y de inmediato lo siguieron. Y estuvieron con Él siempre. Su misión al seguirlo, era ser sus nuevos profetas, los que llevaran Su mensaje de salvación. Por la invitación, pienso que, por acción del Espíritu Santo, esos pescadores, convertidos en pescadores de hombres, le siguieron como sus apóstoles.

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