Este 12 de noviembre comienzó la 106 Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM). Como cada trienio, los líderes de la grey católica mexicana realizan votaciones para elegir a los obispos representantes en diferentes áreas de servicio. Los reflectores, sin embargo, están puestos en la elección del próximo presidente del organismo colegiado porque de ello depende, en buena medida, las relaciones institucionales con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, el cardenal Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, presidió el organismo episcopal por dos periodos de suma convulsión de la Iglesia Universal: primero con la histórica renuncia del papa Benedicto XVI y después con el ascenso del primer cardenal latinoamericano a la silla del sucesor de san Pedro. Pero también de graves circunstancias en México: “violencia, corrupción, impunidad y cultura de la muerte” como las distinguió el propio episcopado.

Robles, al igual que los otros cardenales y arzobispos latinoamericanos, comenzó a tomar un peso moderadamente relevante en el concierto internacional pero, desde la presidencia del colegio de obispos mexicanos, su participación en los dos periodos se percibe apenas testimonial. Fueron sus secretarios generales los que destacaron mediáticamente. El primero, Eugenio Lira Rugarcía, quien cargó con más errores que aciertos en la organización de la visita del papa Francisco en 2013 y en la relación de la CEM con el entonces nuncio apostólico, Christophe Pierre; y en el segundo periodo, el obispo auxiliar de Monterrey, Alfonso Miranda Guardiola, quien enfocó su servicio en el rescate de la memoria episcopal, la sistematización de la vinculación de todas las diócesis y comisiones de la Iglesia católica, y la creación de varias alianzas y convenios institucionales, a veces con más audacia que contenido.

La administración saliente de la CEM pone entre sus logros la conformación de un Observatorio Nacional que compila y actualiza la vasta pero muchas veces desconocida información de las diócesis mexicanas que ofrecen servicios de caridad y asistencia social o humanitaria; un departamento de historia que reanudó un trabajo suspendido en 2009 para conservar documentación valiosa del organismo; un organismo interdisciplinario para dar seguimiento y fortalecer la prevención a los casos de abuso sexual de menores en la Iglesia; una batería de protocolos de acción operativa ante diferentes crisis institucionales; y un bloque de convenios con organismos federales como la Procuraduría General de la República (PGR), la Fiscalía Especializada para Prevenir Delitos Electorales (FEPADE), la Secretaría de Cultura, el INAH, entre otros.

Es, sin embargo, el Plan Global Pastoral 2031-2033 (PGP) el más audaz de los trabajos de la presidencia y secretaría salientes: la proyección de los trabajos de animación pastoral de la Iglesia católica en México con la mirada puesta en los 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe y los dos mil años de la Redención.

Es en esta última materia donde los obispos mexicanos deben tomar definiciones profundas. El cardenal Robles Ortega no puede ser reelecto y, aunque Miranda Guardiola sí; no suele ser una práctica común cambiar al presidente conservando al secretario. En los corrillos eclesiales destacan los arzobispos de Monterrey y Morelia como posibles sucesores del cardenal Robles en la presidencia de la CEM. El primero, Rogelio Cabrera López, por su compromiso en el proceso y continuidad del PGP; y el segundo, Carlos Garfias, por su trabajo en el área de paz y reconciliación nacional, un tema de interés central del próximo gobierno federal por su aspiración de contar con la participación del papa Francisco en este proceso.

Pero, junto a la relación con el próximo gobierno y dar continuidad de trabajos articulados dentro del organismo, existe un tercer factor para la próxima presidencia de la CEM: su participación institucional ante el Censo de Población y Vivienda 2020. El instrumento censal para registrar las creencias religiosas de los mexicanos ya ha recibido fuertes críticas, tanto de sociólogos como de asociaciones religiosas que se sienten sub representadas en los reactivos de consulta.

Diversas encuestas y estudios aislados ya hacen proyecciones que podrían ser muy duras para la idea de catolicidad mexicana. Hay tendencias demográficas que ubican a los católicos con márgenes de 72 a 68 por ciento de la población mientras muestran una sensible proliferación y mayor influencia política a las diferentes expresiones evangélicas, protestantes y pentecostales. Este contexto también pone un escenario para los obispos católicos poco previsto: el urgente paso del diálogo interreligioso a la cooperación interinstitucional con otras asociaciones religiosas.

En el Plan Global, los obispos mexicanos aseguran tener seis compromisos: construir dignidad humana, comprometerse con las causas sociales, ser una Iglesia pueblo, misionera y compasiva principalmente con los jóvenes y adolescentes. “Concretar respuestas”, apuntan; pero sin la cooperación con otras expresiones religiosas, sus esfuerzos puede que no resulten relevantes o significativos para el país que desean servir.

Hay un último factor que no se debe minimizar, el cardenal Carlos Aguiar Retes comenzará a tomar un papel de suma relevancia para el episcopado mexicano. Como arzobispo primado de México es naturalmente un foco de atención política y mediática; sus proyectos de administración pastoral (desterritorialización parroquial, reforma a la formación sacerdotal y redistribución episcopal) y el papel que irá adquiriendo como ‘papabile’ mientras se acerque el ocaso de la era Bergoglio lo perfilan como un importante referente para la configuración del episcopado de los próximos siete u ocho años. Aguiar llega a la asamblea plenaria aún con el doble cargo de arzobispo primado y administrador apostólico de Tlalnepantla, con un muy relevante trabajo en el pasado Sínodo de los Jóvenes en Roma; con la confianza del nuncio Coppola en sus proyectos y sin jugar las dinámicas de confrontación moral con el presidente electo por los temas que han polarizado a la sociedad. Tiene la oportunidad para hacer un liderazgo que signifique pero, para comunicarlo, siempre hace falta tomar riesgos.

@monroyfelipe


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