Bien sabemos cómo Jesús dijo a unos pescadores, “ven y sígueme”, y de inmediato lo siguieron. Y estuvieron con Él siempre. Su misión al seguirlo, era ser sus nuevos profetas, los que llevaran Su mensaje de salvación. Por la invitación, pienso que, por acción del Espíritu Santo, esos pescadores, convertidos en pescadores de hombres, le siguieron como sus apóstoles.

Pero pasado ese tiempo y en el presente, Jesús ya no nos encuentra y parado frente a nosotros, de viva voz nos dice “ven y sígueme”. Salvo casos excepcionales, llamando a nuestro corazón con su divina voz. Jesús nos hace ese llamado de muchas maneras y todos y cada uno que de alguna forma han sido o son sus mensajeros, por la palabra y la propia vida al servicio de los demás, han sido llamados a seguirlo.

Hubo un caso especial de llamado, el que Jesús hizo a Saulo de Tarso, San Pablo. Pero a los demás que Jesús ha llamado a su servicio, a ser sus mensajeros, nos los ha tumbado del caballo (o ahora de una motocicleta). Es con voz suave, tranquila que hace el llamado, en general. Claro que hay casos en que situaciones graves, de peligro o de alto impacto al corazón, son ocasiones para que nos sintamos llamados.

En general, el llamado de Jesús a seguirlo es muy sutil, cuando con ayuda del Espíritu Santo, por un consejo, una situación o una invitación humana, o una reflexión inspirada, aceptamos ponernos a su servicio, para llevar de una forma u otra el Evangelio al mundo.

Por supuesto, que en casos tan absolutos de vida como el llamado al sacerdocio o a la vida religiosa, el llamado asusta, preocupa, hace dudar si es ese el llamado, la vocación, pero el Señor insiste y vuelve a insistir; “sígueme”. Es algo que también puede suceder a los laicos a su servicio, que Jesús insista, e insiste por ser sus elegidos.

Es muy importante estar atentos, sobre todo los jóvenes, a “sentir” en el corazón, un llamado a seguir a Jesús como sus mensajeros. Y una vez aceptado el llamado, vivirlo intensamente, hasta que las fuerzas nos alcancen.

En ocasiones, el llamado ya mencionado, es a la vida sacerdotal, religiosa, consagrada, pero a la mayoría del laicado que vive para transmitir el Evangelio en palabras y/u obras, Jesús les llama a seguirlo en la vida diaria, tal como la viven, pero siendo además sus mensajeros. El laicado en acción evangelizadora, de una forma u otra, por la palabra o la acción al servicio de los demás.

A veces, estando al servicio de la evangelización, habiendo aceptado su invitación, de pronto Jesús nos hace otro llamado: invitar a otros a ese servicio, a decir a alguien “ven, y sigue a Jesús”. Y hasta “no dejes de seguirlo, a pesar de las dificultades y obstáculos”, persevera”.

Quienes, en una parte importante de su vida, según la propia edad, están al servicio de la Palabra de Jesús, siempre, en algún momento y de alguna forma, han sido invitados por Él con un “ven y sígueme”, muchas veces sin haberse dado cuenta, pero Jesús los llamó, y aceptaron.

¿Qué sigue una vez que seguimos a Jesús en su labor evangelizadora, sobre todo en el laicado? Pues como el ser llamado por Jesús es un gran, enorme privilegio, de ser escogidos para su servicio entre millones de seres humanos, lo que se debe hacer es… ¡darle gracias! Darle gracias por su “ven y sígueme”.

Podemos hacerlo como una forma de oración, algo así como “Gracias te doy Señor, por llamarme a tu servicio en el mundo, como tu discípulo, gracias Señor, no dejes que falle, que deje de seguirte, sostén mi alma ante las dificultades, frente a tus enemigos, en las inclemencias del ambiente humano”.

@siredingv


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