“Por el camino de Emaús, un peregrino iba conmigo, no le conocí al caminar, ahora sí, en la fracción del pan”, así replica la Misa Criolla al evangelio (Lucas 24:13-35). Cuando los discípulos caminaban a Emaús, Jesús los alcanzó y conversó con ellos sobre “lo acontecido en Jerusalén” y las profecías cumplidas.


“Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran," nos narra San Lucas. Jesús no se dejó reconocer hasta que bendijo el pan y se los dio. ¿No debieron esos dos discípulos reconocerlo por su sabiduría, esa que los tenía asombrados mientras les hablaba en el camino a Emaús? ¿No era suficiente ello para que pensaran que lo dicho por las mujeres era cierto y que estaba, resucitado, con ellos? Pues no lo fue.
Pues así pasa en nuestra vida diaria. Jesús está junto a nosotros y no le reconocemos, a pesar que de una forma u otra se comunica con nosotros para que reconozcamos su presencia, nos da señales. ¿Y de qué presencia hablamos? De nuestros semejantes, en especial de los que están en alguna necesidad y “algo impide que nuestros ojos lo reconozcamos”. Pero ese desconocimiento de Su presencia en nuestros semejantes proviene no de Él, sino de nosotros mismos, que no vemos el entorno con ojos de caridad cristiana.
¿Qué debemos hacer? Estar atentos a las personas que nos rodean o con las que de alguna forma nos cruzamos en el camino de la vida. Las personas que necesitan algo de nosotros y para las cuales debemos poner en práctica las obras de misericordia, desde las ayudas materiales, como dar de comer, de beber o de abrigo, hasta las ayudas del alma, como el buen consejo, o en general la enseñanza o explicación de la Palabra de Dios.
Debemos orar, pedir al Señor que llene de caridad nuestros corazones, para que así nada impida a nuestros ojos que veamos a Jesús en el prójimo necesitado. Y que se haga realidad para nuestras almas el que hacerlo por quienes nos necesitan, nos será reconocido como hecho a Jesús mismo, como narra Mateo en su evangelio (25;40), respecto a la misericordia: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis". Y recibir, como dijo Jesús “en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo” (Mt, 25;34).
Hay algo más, el reconocer fehacientemente en el sacrificio de la misa, el milagro de que, por las palabras del sacerdote oficiante, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y sangre de Cristo. Cuando realmente abrimos los ojos del corazón para considerar en plenitud de conciencia que, con la bendición de las especies, Jesús se hace presente ante nosotros (en cuerpo, sangre, alma y divinidad), la santa misa, será una verdadera fiesta milagrosa, y no solamente la ocasión de orar juntos en el templo.
Que Jesús nos permita reconocerlo en nuestros hermanos, y en su real presencia en la Eucaristía. Abramos bien los ojos, con la ayuda del Señor, una ayuda que pediremos en la oración constantemente.

@siredingv


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