El 1 de enero La Iglesia celebra la Solemnidad de María Madre de Dios, una de las devociones más antiguas entre los católicos. No se me ocurre mejor manera de empezar el año que celebrando a Santa María Virgen, quien al decir “hágase”, dijo sí no solamente a la vida del niño que nacería en Belén, sino que dijo sí a la vida eterna para todos los hombres.

Con esta fiesta termina la octava de Navidad: después de celebrar el nacimiento del Hijo de Dios, la Iglesia nos invita a profundizar y a meditar en el misterio de la Encarnación y termina estos 8 días celebrando una de las devociones más hermosas que tenemos como católicos: María Madre de Dios.

Hágase en mí según tu palabra

Así como por desobediencia del hombre entró el pecado al mundo, por obediencia, Dios nos salva: es con el “fiat” de María que Dios se encarna y puede realizar así su plan de salvación.

Es a través de una mujer, quien libremente acepta la voluntad divina, que Dios se hace hombre para salvarnos. Sobre este aspecto, Benedicto XVI en su libro La infancia de Jesús comenta lo siguiente: “Es el momento de la obediencia libre, humilde y magnánima a la vez, en la que se toma la decisión más alta de la libertad humana”[1].

El “sí” de María, que permite que Dios se encarne es un acontecimiento de gran relevancia teológica. Todo el Evangelio, gira entorno a la figura de Cristo, Dios hecho hombre. En cierto sentido, la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor -y, por tanto, la redención- están condicionadas a la aceptación libre y generosa de María al aceptar la voluntad Divina y decir “hágase”.

Más allá de la importancia teológica y evangélica de la respuesta de María, su “sí” es de gran relevancia para nuestro trato personal con Dios y nuestra vida interior. Reflexionar sobre la respuesta de María nos ofrece a todos los católicos la oportunidad de ver en ella un modelo de vida cristiana, confianza en Dios, entrega absoluta de sí, y amor perfecto.

Podemos ver un claro paralelismo entre el “hágase” de María en la Anunciación y el “hágase” que Jesús nos enseñó para orar al Padre. Si consideramos que el Padre Nuestro es la oración perfecta, encontramos que María hace vida esta oración perfecta. No solamente pide que se haga la voluntad, sino que se entrega como instrumento perfectísimo para colaborar al cumplimiento de la voluntad Divina. María se entrega por completo y su voluntad, se hace una con la de Dios Padre.

En esta misma línea hay dos aspectos que vale la pena resaltar de la entrega generosa de María: confianza plena en Dios y una gran humildad.

Empecemos por lo segundo: antes de decir que sí a la voluntad del Padre, María se describe a sí misma como “Sierva del Señor” (“ecce ancilla Domini” Lc. 1, 38). María será siempre un gran ejemplo de humildad para los católicos, siendo ella la más perfecta de las creaturas, la más perfecta de las mujeres es humilde hasta el extremo y se entrega sin condiciones.

Esta entrega total, sin condiciones nos da paso para hablar de la otra característica del “sí” de María: confianza absoluta en Dios. Ante la gran encomienda de convertirse en Madre del Salvador, María no exige garantía alguna, ni condiciona su decisión. No sabe todavía qué le dirá a José, ni qué pasará con su vida, simplemente confía que Dios estará con ella y que nada le faltará.

Por lo poco o mucho que nos relatan los evangelios, podemos constatar que la sagrada familia es modelo de confianza en la Providencia Divina: ya sea viajar a otra ciudad a punto de dar a luz, vivir en exilio en Egipto o que José no rechazara a María, la Familia de Nazareth acepta la voluntad Divina obedientemente y sin objeciones, confiando en el plan que Dios tiene para ellos.

María Madre de Dios

Volvamos ahora al dogma que en concreto nos atañe: la Maternidad Divina de la Virgen. Ya desde los primeros siglos del cristianismo hubo quienes negaban que María fuera Madre de Dios, pero no se puede negar la Maternidad Divina de María sin caer en alguna herejía: o negamos la naturaleza divina de Cristo, o negamos su humanidad. No nos queda otro camino más que reconocer que María es Madre de Dios Hijo.

Ante tales herejías, también desde los primeros siglos del cristianismo se ha defendido la Maternidad Divina de María, como nos lo recordó San Juan Pablo II: “[En María] la Iglesia encuentra la garantía de la realidad de la Encarnación, porque, como afirma san Agustín, «si la Madre fuera ficticia, sería ficticia también la carne (...) y serían ficticias también las cicatrices de la resurrección»”[2]

El dogma de María Madre de Dios se defiende desde el concilio de Éfeso que tuvo lugar en 431. Más recientemente, en la encíclica Lux Veritatis, el Papa Pío XI reafirma este dogma y explica con claridad:

“Si el Hijo de la Santísima Virgen María es Dios, ciertamente quien lo dio a luz puede, merecidamente y con todo derecho, ser llamada Madre de Dios. Si solamente hay una persona en Cristo y esta persona es Divina, sin lugar a duda, María deberá ser llamada por todos, no la madre de Cristo, sino Theotokos, Madre de Dios”[3]

 Es precisamente en Éfeso, donde la tradición cree que María vivió sus últimos años en la Tierra, antes de ser llevada al Cielo. Es por eso por lo que es su visita a Éfeso en 1979, San Juan Pablo II dedicara su homilía a hablar de María Madre de Dios:

“«Madre de Dios». Al repetir hoy esta expresión cargada de misterio, volvemos con el recuerdo al momento inefable de la encarnación y afirmamos con toda la Iglesia que la Virgen se convirtió en Madre de Dios por haber engendrado según la carne a un Hijo que era personalmente el Verbo de Dios”[4]

María, Madre de Dios y madre nuestra

Benedicto XVI señala que el saludo del ángel a María no es el tradicional “Shalom” como podría esperarse si no “xaire”, alégrate, en griego: “¡Alégrate! Con este saludo del ángel -podríamos decir- comienza en sentido propio el Nuevo Testamento”[5]

Es en verdad una gran alegría que Dios se encarne y se haga hombre, como parte del plan salvífico, en un acto libre de amor puro. Pero también es una gran alegría que Jesús haya querido darnos la gracia de hacer de su madre, Madre de todos.

San Juan Pablo II, gran devoto de la Virgen María explica: «Al pronunciar su «fiat», María no se convierte sólo en Madre del Cristo histórico; su gesto la convierte en Madre del Cristo total, «Madre de la Iglesia». "Desde el momento del fiat —observa San Anselmo— María comenzó a llevarnos a todos en su seno»”[6]

María es, entonces, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, pero también es Madre de cada uno de nosotros. Veamos en María a una madre amorosa que intercede por nosotros y que nos conoce mejor que, incluso, nuestra propia Madre. Y que, como la madre perfecta que es, quiere lo mejor para el bien de nuestra alma.

Uno de los mejores consejos espirituales que recibido es el siguiente: “Pide a Dios que te conceda lo que María Santísima pide para ti”. Es la mejor situación ganar-ganar para los católicos: María sabe perfectamente qué es lo que nos conviene y qué es lo que resulta mejor para nuestra alma.

¿Aún no tienes un buen propósito de año nuevo?

Deja que María te ayude y encomiéndate a ella, cuéntale todos tus proyectos y pide su intercesión al Padre para que este año te ayude a mejorar todos esos aspectos que el año pasado te estorbaron para ser mejor cristiano, mejor profesionista o estudiante, mejor persona.

Si aún no tienes un propósito claro y firme para este año, excelente propósito de año nuevo para los católicos puede ser estar más cerca de María. Pidámosle a Jesús que nos enseñe a amar a María como él la ama. Encomendarnos a María. Si los católicos buscamos un seguimiento pleno de Jesús, no podemos olvidarnos entonces de amar a su Madre con todo nuestro corazón y toda nuestra alma.

En este sentido un propósito concreto sería rezar con más frecuencia el Santísimo Rosario, oración poderosísima que nos defiende del mal y nos fortalece para hacer mejor el bien.

Otra situación ganar-ganar: Pide a María que te enseñe a amar a Jesús como ella lo ama. Y pide a Jesús que te enseñe a amar a María como Él la ama. Verás cómo Jesús te ayuda a sacudir la flojera de rezar el Rosario y María a su vez, aumentará tu fervor durante la Eucaristía.

@raulomar 

[1] Ratzinger, J. (2013). La infancia de Jesús. Planeta, 43

[2] Juan Pablo II, Audiencia General del 27 de noviembre de 1996. http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/1996/documents/hf_jp-ii_aud_19961127.html

[3]Pío XI (1931) Lux Veritatis http://www.vatican.va/content/pius-xi/la/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_19311225_lux-veritatis.html

[4] Juan Pablo II, Homilía pronunciada en su viaje a Turquía el 20 de noviembre de 1979 http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1979/documents/hf_jp-ii_hom_19791130_turkey-efeso.html

[5] Ratzinger, J. (2013). La infancia de Jesús. Planeta, 33

[6] Juan Pablo II, Homilía pronunciada en su viaje a Turquía el 30 de noviembre de 1979 http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/homilies/1979/documents/hf_jp-ii_hom_19791130_turkey-efeso.html