En su homilía del domingo pasado, el Papa Francisco en su habitual modo de “te lo digo Juan para que lo entiendas Pedro” da un mensaje para los jóvenes para que lo comprendamos todos, adultos y viejos.

En la homilía de la misa de la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa habla a los jóvenes y a los no tan jóvenes del “ahora de Dios”. Comentando el evangelio de San Lucas, donde Jesús en la sinagoga de Nazaret le dice al pueblo: “Hoy se ha cumplido este pasaje”, el texto de Isaías sobre el Mesías deja de ser una profecía. Se ha cumplido en ese momento. Delante de todos.

“Es el ahora de Dios que con Jesús se hace presente, se hace rostro, carne, amor de misericordia que no espera situaciones ideales, situaciones perfectas para su manifestación, ni acepta excusas para su realización” les dice Francisco a los jóvenes. “¿Cuándo? Ahora”, remacha el Papa. Y los vecinos de Nazaret, los que lo conocieron desde pequeño no le creen, lo rechazan. A veces, los propios jóvenes no creen en ese llamado que reciben. “No siempre creemos que Dios pueda ser tan concreto, tan cotidiano, tan cercano y tan real, y menos aún que se haga tan presente y actúe a través de alguien conocido como puede ser un vecino, un amigo, un familiar,” anota Francisco. Y, a veces, no creemos en que el llamado sea para nosotros mismos.

Pensamos que el llamado del Señor es para otros, los selectos, los perfectos, los que están en una situación ideal. De repente tenemos un ataque de modestia. “No soy digno”, decimos. Y con ese criterio, nos quedamos sin hacer lo poco o lo mucho que podíamos hacer. Y eso nos pasa también a los viejos. “Este chico, esta chica, tan joven, sin madurez. No va a poder. Necesita más formación, vivir más, llevarse muchos frentazos.” Con ese criterio, no rara vez desanimamos al joven de seguir el llamado que siente.

Y con frecuencia, somos los más cercanos quienes no creemos en ese ahora de Dios. Padres, maestros, curas. “Lo conozco bien. No está listo. Sí, pero después”, decimos. Y a lo mejor es porque estamos en esa situación. Que Dios no tiene edad para llamarnos. Nos puede llamar al principio del día, o al atardecer. En la niñez o en la ancianidad. Puede ser que el mismo consejo que le damos al joven, es el que nos damos a nosotros mismos. “Sí, pero todavía no.” Así como desanimamos a los jóvenes, nos desanimamos nosotros mismos.

Y esto es trágico. Porque el joven tiene mucho tiempo por delante. Podrá hacer mucho todavía, aunque no tanto como si hubiera respondido prontamente. Pero ¿nosotros los viejos, los adultos? Entre más pospongamos el responderle a Jesús, menos tiempo tendremos para darle lo que nos pide, lo que le podríamos haber entregado. El ahora de Dios se va volviendo más y más urgente con el tiempo. No, no es porque Dios se “enoje” si no le respondemos cuando y como Él quiere. Es que le estamos regateando darle todo lo que podríamos. Le regateamos nuestro amor.

El llamado de Dios no es inoportuno. Nos llama en el momento preciso, cuando estamos listos. Que Dios no es tonto. Si nos llama, es porque podemos responderle. Ahora mismo. En el ahora de Dios. Y esto nos lo recuerda el Papa. A todos: jóvenes y viejos.

@mazapereda