Hemos empezado el tiempo de Cuaresma, tiempo de Conversión, tiempo penitencial, con un poco de ceniza en la cabeza. Y escuchando: “Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás”.

No hay duda que adornarse con ceniza está lejos de todos los protocolos de belleza, hoy y siempre. Aún así, hemos acudido con devoción para dejarnos “embellecer”. ¿Por qué?

Para comprenderlo bien, tendríamos que acudir al Génesis: “El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gen.2,7).

¡Exacto!, la ceniza (el polvo de la tierra) se entiende en una dinámica de vida, no en un ambiente fúnebre… solamente la gente superficial podría menospreciar este gesto que nos reconduce (nos “convierte”) a nuestro ser originario, al principio…

Este “Acuérdate que eres polvo…” es el recuerdo de nuestro originario “material de construcción”, y sobre todo reconocer que Dios no se contenta con nuestra precariedad, del hecho de que seamos sólo polvo. Quiere algo más, quiere infundirnos su “aliento de vida”… no se conforma con moldearnos del polvo, quiere darnos “aliento” vital.

El “hombre hecho de polvo” es el hombre que se ha alejado de Dios, el hombre que da la espalda a su propio ser y se conduce a la nada (a la tumba), como consecuencia de su pecado. Pero en este dramático itinerario existe la posibilidad del retorno. La vuelta al origen.

En lugar de precipitarse a la tumba, es posible cambiar de dirección –esta es la conversión– y volver al origen, a Dios.

Es volver a sentirse polvo y confiarse al Constructor, para que te vuelva a moldear (como barro en manos del alfarero), y te dé un nuevo aliento de vida.

Y es entonces cuando esa sutil capa de polvo vuelve a manifestar el esplendor del rostro de un hijo de Dios, con toda su “belleza” original.

Con la cuaresma, con estos signos sacramentales, todo comienza de nuevo. Puedo llegar a ser un hombre “nuevo”, si acepto no el fin, (la muerte), sino el principio (la vida).

La Iglesia no nos está invitando a ver el montoncito de ceniza de la tumba, sino a contemplar ese poco de tierra en manos del Artífice, y dispuesta a recibir el “aliento” vivificante del Espíritu.

La Cuaresma, queridos hermanos, es la antesala de la Pascua. Sí, será un camino de Pasión, pero terminará siempre en la Resurrección.


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