La solemnidad de la Procesión del Silencio es conmovedora. La pasión de Cristo es recordada en Morelia y en muchos lugares del mundo de ese modo. Pero también en el Vía Crucis que se recuerda todos los años y nos hace presenta la suprema entrega de quien, por cada uno, quiso morir para rescatarnos y restablecer la comunicación con Dios, nuestro creador. De esas conmemoraciones, la más profunda e impactante ha sido el Vía Crucis presidido por el Papa, desde que lo inició el beato Paulo VI. Es un momento de profunda reflexión acerca del misterio de la redención y las implicaciones que ella ha tenido a través del tiempo y, en particular, para nosotros.

De jueves a domingo recordamos las Nueva Alianza que hace Jesús en la última cena, cuando nos deja su Cuerpo y su Sangre para fortalecernos y hacer que dentro de nuestras miserias y pecados, nos levantemos una y otra vez, cuantas veces sea necesario, como el hijo pródigo. El mismo convivio sirvió para que humillado al lavar los pies de sus discípulos recordara que el más grande debe hacerse pequeño y servir. Ahí, también, dio una nueva dimensión al mandamiento del amor, sobre el cual ya había establecido que debe abarcar a los enemigos. Pero ahora, a punto de la entrega total nos mandó amar como él nos amó. Acción que humanamente es imposible realizar si no se está unido a él.

Pero en la misma cena se develaron las miserias humanas, unas instigadas por el diablo y otras surgidas de la propia interioridad. La traición, la venta de un Hombre con el que se ha convivido, a pesar de haber sido testigo directo de tantos milagros. Un gran misterio en aquél de quien se dijo que más le valiera no haber nacido. Traición ejecutada en un cínico acto que simulaba amistad, un beso y, consciente de su acción, termina por suicidarse. De Herodes ni hablar, ante él Jesús guardó silencio, se negó a ser espectáculo ¿Y qué decir del Sanedrín? Ya llevaba tiempo tendiendo trampas a Jesús, maquinando contra él y ciegos ante sus obras y sordos ante sus declaraciones de divinidad cuando les decía, como a Moisés en la zarza, Yo Soy. Hipócritas simuladores de juicio fuera de la ley, con sentencia preconcebida, pero taimadamente aplicada, adosando a Pilato su ejecución. Y éste, el gran cobarde que se lava las manos, simulando inocencia, permitiendo los peores abusos y tormentos para omitir, finalmente, su responsabilidad y generando así una gran injusticia: la crucifixión.

Pero no se agota ahí el escenario humano. También están los amigos, que invitados a velar y a orar, no resisten y los vence el sueño, mientras el Maestro sufre una gran soledad y tentación, suda sangre y renuncia a su voluntad para hacer la del Padre. Cuando llega el prendimiento, Pedro reacciona impulsivamente, como era él, para defender a Jesús y echa mano de la espada, dañando a uno de los captores, un gesto semejante a aquel cuando ante el anuncio de la pasión, le dice al Señor que eso no puede ser así. Pero ese valor súbito, subsistente cuando a escondidas llega al Pretorio para seguir los sucesos, asume la cara de deslealtad cuando niega tres veces a quien había prometido defender. Quien sería cabeza, sucumbe por temor. Se niega, por ahora, a ser testigo. Pero ante la mirada amorosa de Jesús, quien ya le había predicho su acción, llora arrepentido, y obtiene el perdón.

Y en el escenario final aparecen quienes lloran por Jesús, asumiendo la injusticia que se comete con quien el domingo de ramos era proclamado Rey. Una mujer valerosa y conmovida, enjuga el rostro sudoroso y lleno de sangre, y el Cirineo obligado a cargar, pero que, a fin de cuentas, aligera el peso de la cruz. Soldados que se burlan y un sentenciado que se les suma, pero a su lado, el ladrón que se roba el cielo en el último momento.

¿Con quién identificarse?

Y al momento de la conclusión. ¡Stabat Mater! ¡Estaba la Madre! Sí, allí, sufriente, con el corazón atravesado, pero junto al Hijo, estaba María. Asumía como corredentora el sacrificio de Cristo, por lo que Él nos la heredaba como Madre en la persona de Juan, el caso, el discípulo amado, también presente.  Y ante aquello que parecía ser la gran derrota, vino el gran triunfo. “¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios!” exclamaría el centurión.

Y sí, lo que misteriosamente le fue revelado al soldado romano, se ratificaría el domingo, con Su resurrección. Así lo recordó San Pablo: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”. Culminaba así el paso de Jesús, el Señor, por la tierra. ¡Aleluya, Cristo ha resucitado!


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