¿Es malo ser rico? No, lo malo es no ser pobre de corazón, o estar apegado a la riqueza sobre lo realmente valioso ante Dios. El Señor no condena la riqueza, condena el mal uso de ésta. A través de la Escritura, aparecen ricos, y muy ricos, que no por serlo cayeron de la gracia del Señor, y en la vida pública de Jesús, hay varios casos en que convive con hombres ricos.

Hay en la historia del Antiguo Testamento, muchos hombres que tenían a su servicio otras personas, pues poseían la capacidad de contratarlos. Salomón, que pidió al Señor sabiduría para gobernar, y recibió, además, entre otras cosas, inmensas riquezas, con una vida de presunto lujo, que ha servido de referencia posterior, cuando el Señor dijo que los lirios del campo vestían mejor que “Salomón en el esplendor de su gloria”. Isaac fue bendecido por el Señor, y “se hizo muy rico y llegó a tener muchas posesiones”. El Génesis nos narra que “Abraham era muy rico” y que su hijo “Lot también era muy rico”.

Para construir su arca, Noé tenía que ser un hombre de muchos recursos. Job “era el hombre más rico de todo el oriente”, y tras de la gran prueba en que Job quedó sin nada, al final el Señor “le devolvió su prosperidad anterior y aún le dio dos veces más de lo que antes tenía”.

Ya en el Nuevo testamento, un banquete como el de las bodas de Caná, es de familias ricas, y allí estaba Jesús con su madre y sus discípulos. En otros casos, Jesús come con otros ricos, como Zaqueo. La Última Cena se lleva a cabo en el cenáculo de un hombre rico. Tras la crucifixión, Jesús es enterrado en una tumba que José de Arimatea, “un hombre rico” y “seguidor de Jesús”, mandó construir para él mismo, y que la cedió.

Y si vamos a sus parábolas, en ellas hay hombres ricos, como seguramente lo era el padre del hijo pródigo. Habló Jesús de ejemplos de hombres con servidores contratados, como el dueño de una finca, que pagó lo mismo a quienes contrató temprano o tarde, o como el otro que envió a cobrar su parte a quienes trabajaban sus viñedos, o al rey que invitó a amistades a la fiesta de bodas de su hijo, y que fue despreciado, enviando a sus sirvientes a buscar en la calle a quienes invitar en su lugar. Todos tenían que ser ricos.

También habló Jesús del hombre rico Epulón que despreció al mendigo Lázaro, y que terminó en el infierno; ese sí un rico avaro, insensible ante la pobreza extrema de un indigente. También condenó el Señor a quienes (necesariamente ricos) regatean el salario del trabajador.

Pues ser rico, legítimamente, por supuesto, no es malo en sí, y podemos pensar que también disfrutar de las comodidades que da la riqueza, no es pecado ni maldad, a menos que esa riqueza sea una ofensa, digamos, ante las grandes necesidades de quienes rodean al rico. Lo importante es no poner la riqueza sobre lo más importante para Dios, como dije antes, se puede ser rico y pobre de corazón, sin apego a las cosas materiales como el centro de la vida.

Todavía nos queda el episodio evangélico del joven rico que deseaba heredar la vida eterna, y que dijo a Jesús que cumplía con la Ley. Y Jesús le dijo que, si quería tener un tesoro en el cielo, que vendiera sus propiedades y repartiera el dinero entre los pobres y lo siguiera. Jesús se entristeció porque el joven no quiso dar este último y gran paso, pero no lo condenó.

Entre los santos elevados a los altares por la Iglesia, considerando que lo son, por su vida, ha habido seres ricos y muy ricos, incluyendo reyes, que no vivían en la sobriedad. Hay santos que tuvieron especiales oportunidades de formación y educación, precisamente porque sus familias tenían riqueza para pagarlo. Hasta ha habido papas y obispos santos, con riqueza personal o familiar cuyas vidas fueron ejemplares.

La riqueza debe ser vista como un regalo del Señor si es legítima, y tenerla no es condenable per se. Pero sí es ocasión de pecado que debe ser evitado, al grado que Jesús dijo “difícilmente entrará un rico en el reino de Dios”, que “es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja” a que un rico se salve. La persona rica debe ser muy cuidadosa con su riqueza, y ponerla al servicio de los demás, como lo hace un empresario que da ocupación a quienes necesitan trabajar.

Ser rico, es disfrutar de un beneficio que Dios da o permite, y que requiere vivir especiales virtudes, para ser buen administrador de esa riqueza, y que se convierta en causa de servicio a los demás y no de condenación. Jesús no condenó a los ricos por serlo, sino a los ricos que abusaron de ello en contra del prójimo. Se puede ser rico, y ser santo, y Cristo dejó bien claro a sus discípulos que “no se puede servir a Dios y a las riquezas”.

Un corazón lleno de la furia de poseer está vacío de Dios, nos enseñó el Papa Francisco, si está “poseído por las riquezas, no hay más espacio para la fe”. No permitamos que las riquezas, pocas o muchas, nos posean a nosotros.

@siredingv