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La superlativa indignación y el insoportable dolor frente al horror por desgracia suelen sembrar y hacer crecer una idea terrible en el corazón de algunas personas: la venganza. Y existe un altísimo riesgo al fomentar esa peligrosa certeza de que seríamos buenos verdugos disfrazados de servidores de la justicia.

¿De qué se trata? De la presión antivida para dar absoluta impunidad a quienes asesinen a una persona nonata. Del aborto, pues, término escondido tras la expresión más cómoda de “interrupción (legal) del embarazo”. Este lenguaje logra convencer a muchos de que se trata de ayudar a una mujer en problemas, lo de como dicen en broma “estar ligeramente embarazada”. Pero es algo que no es ninguna broma, se trata del peor crimen que la sociedad puede avalar, permitir, licenciar, liberar de responsabilidades, darle impunidad legal.

El suicidio de una alumna del ITAM es trágico por donde se vea. Por ser una chica valiente (no cualquiera se atreve a entrar al ITAM), valiosa y prometedora. Es fácil acusarla de ser parte de una “generación de cristal”. También es fácil acusar a la familia, al sistema la una escuela o a los profesores. A uno en particular, una de las “joyas de la corona” de los profesores del país. Hasta un desbalance en la química del cerebro puede causar un suicidio. Ciertamente es un ataque brutal a la vida, pero no debemos apresurarnos para condenar a la suicida. Ella será recibida por la misericordia infinita de Dios, que sanará sus heridas y limpiará sus lágrimas.

Muchas veces las amistades surgen con ocasión de los estudios en la escuela o en la universidad; otras veces, por parentesco; también con ocasión de coincidir en algún deporte o un centro deportivo; de igual forma por el hecho de compartir las mismas aficiones, por ejemplo, hacia la historia, la música, las bellas artes, etc.