Es un anhelo legítimo defender la libertad. Es un valor que está íntimamente presente en toda persona. Por lo cual, cuando alguien pide respeto a su libertad, la está pidiendo para todas las personas. Esto significa un reconocimiento de la valía de toda persona y también del equilibrio en las relaciones humanas, pues no es legítimo defender la personal libertad y oprimir la de los demás.

Pero ¿para qué defiendo mi libertad? ¿Para hacer lo que se me ocurra, cuando se me ocurra y donde se me ocurra?

Curiosamente cuando pensamos esto, lo pensamos en primera persona, pero no lo aceptamos para los demás. Entonces algo nos alerta, así intuimos que no vamos por buen camino. Si somos sinceros, poco a poco nos encaminaremos a descubrir, en qué consiste la libertad. Pero si queremos imponer nuestro criterio a como dé lugar, confundiremos la libertad con el libertinaje.

Si tengo un trabajo con unas especificaciones de horario, y se me ocurre cambiarlo porque es día no estoy con ánimo de vivirlo ¿puedo apoyarme en mi libertad porque me apetece hacer otras actividades con personas más gratas? Si esto mismo lo planteara un compañero ¿se lo permitiría? ¿Por qué yo sí y él no?

Entonces aquí no está la libertad. Si una hija decide romper con el estilo de vida de su familia simplemente porque así lo están haciendo sus compañeras, aunque piense que fortalece su libertad, realmente no es libre porque su argumento es sumamente débil: así lo hacen los demás es imitar sin valorar beneficios o perjuicios.

Muy distinta es la actitud de una hija que decide salir de su familia porque se le presenta la oportunidad de una beca con la cual puede costear los estudios que sus padres no pueden darle. En este caso no es una evasión, sino un proyecto de formación comprometido le costará esfuerzo, pero podrá, al término de sus estudios conseguir un trabajo con el que pueda elevar el nivel de vida de los suyos.

Aquí vemos una luz sobre la libertad: se trata de elegir para mejorar y para ayudar a otros. Por lo tanto, la libertad es algo estupendo que exige contemplar un horizonte para superarse. Muy distinto enfoque del que pueden tener personas inmaduras que enarbolan la libertad para deslindarse de cualquier responsabilidad.

En nuestras decisiones es fácil confundirnos porque todos tendemos a consentirnos y a evitar el esfuerzo, y, por el contrario, a los demás sí les exigimos mucho, a veces despiadadamente porque no conocemos sus circunstancias.

Entonces, la regla de oro para saber si una decisión es realmente libre consiste en responder a la siguiente pregunta: ¿cómo veo esta decisión que voy a tomar si la hiciera otra persona?

No olvidemos que la libertad está íntimamente relacionada con el bien. Las elecciones libres deben producir bien para quien actúa y bien para quienes nos rodean.

Por eso, las elecciones auténticamente libres pueden ser mucho mejores si lo que se va a provocar es un bien superior. Muchas veces lo mejor es enemigo de lo bueno, y por prudencia, si no se puede alcanzar un bien mayor, hay que actuar, aunque el bien sea leve. Pero nunca en este tema, es admisible el mal menor.

Se ejercita y perfecciona la libertad cuando hacemos bien, pero no todo el bien que podríamos porque dejamos a otros que lo hagan. Sería el caso de un padre de familia con gran experiencia en su profesión, pero no termina él toda su tarea porque deja que su hijo, que está aprendiendo el oficio, a que participe aunque no salga tan bien.

La cuestión es más compleja porque es necesario actuar eligiendo el auténtico bien. Distinto del capricho o del mal que algunos llaman bien, como puede ser el despojar a otros de lo suyo. Yo salgo de pobre y eso lo considero bueno, pero no es bueno porque hace daño a otros. En esta línea está el enriquecimiento con la venta de la droga porque deteriora la libertad de los adictos.

Todas estas consideraciones nos enfrentan con una mala noticia: pensábamos que éramos libres y en realidad somos libertinos. ¿Nos atreveremos a cambiar?

Especialmente es exigente esta cuestión para quienes tienen algún tipo de autoridad: los padres en la familia, los jefes en una institución, los maestros en el aula de clase, los gobernantes de un país. Porque además de conducir a sus subalternos a entender y a vivir la libertad, también tiene que propiciar ambientes que induzcan a practicar la libertad.

Cuando por desgracia no hemos actuado ejercitando nuestra libertad, no todo está perdido si reconocemos nuestro error, reparamos y nos empeñamos en no volver a cometer los mismos errores. En este caso, además de recuperar la libertad nos ejercitamos en las virtudes de la humildad y de la fortaleza para rectificar y recomenzar en el bien.

¿Cuál es el premio? La paz interior de quien no tiene nada que ocultar… Vale la pena recuperar la auténtica libertad. Esta es la manera de mostrar la auténtica dignidad humana.

Vale la pena ser auténticamente libres para no envidiar la vida disipada de los narcos o la vida desenfrenada de algunas divas que van destrozando los matrimonios de los demás. Porque, no lo olvidemos: la libertad es la autodeterminación al bien debido.


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