La superlativa indignación y el insoportable dolor frente al horror por desgracia suelen sembrar y hacer crecer una idea terrible en el corazón de algunas personas: la venganza. Y existe un altísimo riesgo al fomentar esa peligrosa certeza de que seríamos buenos verdugos disfrazados de servidores de la justicia.

No es noticia para ninguno, vivimos en las horas muy bajas de conciencia social en el país. El crimen se ha tornado casi en presencia omnímoda y, como si habitáramos en las tinieblas de la desgracia, sólo atinamos con torpeza a explicarlo y nombrarlo en códigos de absoluto: es ‘neoliberalismo’, es ‘patriarcado’, es ‘descomposición social’.

Los crímenes contra niños y mujeres nos revelan el grado de horror en el que viven nuestros pueblos y comunidades.

La comprensible rabia ante la monstruosidad de criminales y la inoperancia de las instituciones de seguridad y procuración de justicia comienzan, sin embargo, a despertar la barbárica y decadente idea de venganza, la vanidad de la superioridad moral de algunos que pretenden dormir más tranquilos sólo después de que se ajusticie a los malhechores con la pena de muerte.

Pero ¿quién se haría cargo de la ejecución de esta pena? ¿Hay alguna institución en el país en la que verdaderamente podamos depositar nuestra confianza y fe ciega para que aniquile a un ser humano en aras de la justicia? ¿Quién se puede abrogar el derecho de dejar caer la guillotina de la muerte sobre una persona con la confianza de que se es suficientemente puro y justo como para no sentir vergüenza o remordimiento? ¿Cómo evitar ese círculo vicioso de que otro sienta más blancura en su alma como para juzgarnos en nuestras propias faltas?

Las voces que piden revivir la pena de muerte en México como una solución de justicia son la más volátil expresión de nuestras incendiadas vísceras exigiendo alguna satisfacción de orden, de ley; pero en conciencia sabemos que deshumanizar al prójimo (culpable o no), minimizar su dignidad humana y relativizar los derechos fundamentales de la naturaleza del ser ha sido justo lo que nos ha traído a este infierno de violencia y a esta indolencia ante la atrocidad.

Hay una peligrosa incongruencia entre el desprecio a las palabras del presidente López Obrador sobre “moralizar la vida pública de la nación” y el sueño de la vuelta de la pena de muerte. La ley de pena de muerte es la cúspide de la moralización de las instituciones; es la peligrosa frontera legaloide para eliminar, en nombre de la ley y de lo abstracto, la vida humana, para borrarle todo rasgo de dignidad y conferir al poder en turno el inestable e incierto pulgar de los tiranos.

@monroyfelipe

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Felipe Monroy es Director de VCNoticias y responsable del comité de periodismo de SIGNIS México